lunes, 19 de noviembre de 2007

EL COMPROMISO


Era un Domingo de invierno y el Cabo de Carabineros Pablo Calderón iniciaba su turno a las 07,00 horas. Aún estaba oscuro y hacía bastante frío, pero él, hombre joven y vigoroso estaba acostumbrado a estos quehaceres, de modo que no le afectaba en su ánimo la condición atmosférica.

Era un hombre alegre, de buen carácter, bromista, optimista y siempre dispuesto a colaborar con quien lo necesitase. Esto hacía que sus compañeros sintieran por él una especial simpatía.

Estas mismas características le impulsaban también a ayudar, hasta donde le era posible, a la gente que se lo pidiera cuando se encontraba de servicio o incluso fuera de él.

Pero no había que confundirse, porque si alguien pensaba que era débil de carácter, estaba muy equivocado, ya que junto a estas características, también estaba dotado de una fuerte personalidad y de un tesón a toda prueba. Así, si había algo que él consideraba que debía hacerse, lo más probable es que terminara haciéndose, porque ponía todo su empeño y empuje para que así fuera, aunque tuviese que trabajar días, semanas o incluso meses en conseguirlo, pero su perseverancia no disminuía un ápice.
En realidad, éste era un verdadero personaje, distinguido de todo el resto, felizmente por sus virtudes.

En su aspecto físico era un hombre completamente común, aunque su rostro tenía rasgos que lo mostraban como una persona voluntariosa: ojos un poco chicos, cejas tupidas, nariz recta, pómulos bien marcados, mandíbula semi cuadrada, boca de labios delgados y pelo negro levemente ondulado.

Ese domingo fue asignado a un sector donde los prostíbulos se encontraban uno al lado del otro por ambas aceras y por espacio de aproximadamente tres cuadras.

Casas antiguas de fachadas continuas pintadas de extravagantes colores y algunas con letreros colgantes que las identificaban con nombres extraños sacados quien sabe de que novela o simplemente productos de la imaginación de su propietario, que pretendían llamar la atención de los posibles clientes. Una luz roja en el pórtico, señal característica e identificadora de estos locales nocturnos, completaba el paisaje.

Calderón recorría su sector que a esas horas se encontraba prácticamente desierto, aunque por aquí o por allá un curadito afirmado en el muro de una casa, fumaba un cigarrillo tan trasnochado como él mismo. En general, todo tranquilo, indicando talvez que la noche del Sábado se habían desarrollado las actividades propias del lugar en completa paz.

No era precisamente este ambiente tan tranquilo el que más agradaba a Calderón. Prefería un poco más de movimiento y actividad. Se paseaba observando con minuciosidad cada rincón por si hubiese pasado algo digno de ser investigado.

Siendo más o menos las 09,00 horas y cuando ya había perdido las esperanzas de acción se acerca a él, un hombre de aproximadamente 40 ó 45 años, 1,80 mts. de estatura, contextura gruesa, manos grandes y toscas, moreno, de pelo tieso y desordenado y en general de apariencia vulgar, que evidentemente tenía el aspecto de no haber dormido durante toda la noche y haber bebido más de lo razonable.

- Buenos días mi Cabo…saluda con voz temblorosa producto seguramente de la trasnochada.

- Buenos días, contesta Calderón, adoptando, por supuesto, una actitud de autoridad. Y agrega…qué se le ofrece.

- Lo que sucede, mi Cabo, es que anoche tuve un percance, contesta el individuo, demostrando seguridad en sí mismo.

- Está bien, replica Calderón al momento de sacar desde su fornitura una libreta y un lápiz para tomar nota de la información que le daría el hombre y acto seguido comienza su interrogatorio: ¿Cuál es su nombre?

- Evaristo Soto Pérez, mi Cabo.

- ¿Edad?

- 42 años.

- ¿Estado civil?

- Casado.

- ¿Profesión u oficio?

- Trabajo en la vega, como cargador de camiones.

- ¿Dirección?

- Calle Los Colihues Nr. 234 de esta misma comuna.

- ¿Carné de identidad?

- Pero mi Cabo, yo no sé por qué usted me pregunta tantas cosas, si el que va reclamar soy yo mismo y aquí estoy en cuerpo presente para eso.

- Si eso yo lo sé hombre; pero lo que pasa es que tengo que saber quién es el reclamante. Cómo se le ocurre que voy a recibir un reclamo no sé de quién. Qué cree usted que voy a decir al juzgado…que reclamó alguien que no tengo idea quien es, ni qué hace, ni donde vive… pensarían que soy el rey de los estúpidos. Así que déme la información que necesito.

- Está bien. Carné Nr. 9.847.0….

- Conforme. Dígame ahora…¿Cuál es su percance?, como usted le llama.

- Resulta, mi Cabo, que anoche yo estuve tomándome unos tragos en el cabaret “Chuchulita” y parece que se me anduvo pasando la mano, porque me quedé dormido en un sofá. Cuando desperté ahora en la mañana como a las 06,00 hrs. me di cuenta que me habían robado $ 20.000 que tenía en el bolsillo del pantalón.

- ¿Y usted aceptó así de buenas a primeras que le hubieran robado y no alegó nada? Le interrumpió Calderón.

- No pus mi Cabo…si desde que desperté que estoy alegando pa que me devuelvan mis luquitas que, incluso, las tenía aparte porque eran pal puchero de la semana.

- ¿Y qué explicación le dan?

- Ninguna. Solamente dicen que nadie ha robado nada y que me mande cambiar del lugar.
- Si las cosas son como usted me dice, vamos a ver cómo solucionamos este problemita. ¿En qué cabaret me dijo que sucedieron los acontecimientos?.

- En el “Chuchulita”, mi Cabo. Está a mitad de la cuadra siguiente.

- Muy bien. Vamos, entonces, a conversar con esa gente, a ver qué explicaciones tienen. Y agregó: una preguntita más ¿Usted tiene testigos o pruebas de que tenía ese dinero que dice le robaron?, porque si no es así, va a ser su palabra contra la de ellos y en ese caso no va a recuperar un peso ni en los tribunales.

- Si, mi Cabo, tengo de testigo a mi amigo Luis Matamala que todavía se encuentra ahí, está quedado con la Jennifer. Con él llegamos juntos y yo le comenté que tenía esas 20 luquitas y que tenía que guardarlas para la casa.

Caminaban a paso rápido, de modo que antes de cinco minutos ya se encontraban frente a la puerta del cabaret señalado por Evaristo.

El Cabo Calderón, con la decisión que le caracterizaba llamó a la puerta golpeándola con los nudillos de su mano y como nadie respondiera, repitió los golpes por dos o tres veces y cada vez con mayor intensidad, hasta que se escuchó una destemplada voz de mujer que con fuerza preguntaba quien llamaba, agregando, por supuesto una grosería.

- ¡Carabineros! Respondió Calderón con similar firmeza.

- ¡Ya voy, ya voy! Déme un minuto para abrigarme un poco que hace tanto frío.

- Muy bien; pero apure la maniobra, que el tiempo no sobra.

Al poco rato apareció en la puerta del negocio, una mujer sesentona, regordeta, absolutamente despeinada, con un olor a azumagado que hedía a tres metros de ella, con facciones de hombre y de aspecto francamente desagradable.

- ¿Qué se le ofrece, mi Cabo? Consultó con voz aguardentosa y tufo a trago avinagrado.

- Tenemos un pequeño problema señora…

- Norma. Completó la mujer, y agregó: soy la regente del negocio.

- Bien, señora Norma, como le decía, tenemos un pequeño problema.

- Usted dirá, interrumpió la mujer.

- Si señora, si usted me deja hablar le voy a explicar con claridad de qué se trata.
Este señor que está aquí a mi lado, dice que anoche estuvo de cliente en su local, que se le pasó la mano con los tragos y se quedó dormido en un sofá y que, cuando despertó, se percató que le habían sustraído del bolsillo de su pantalón $ 20.000. Agregó que le presentó a usted el reclamo correspondiente y no había sido escuchado ni menos se le había resuelto el problema. Dice, por último, que tiene un testigo que sabía que él tenía ese dinero y del uso que le daría. ¿Qué me puede usted decir al respecto?

- Bueno, mi Cabo, usted comprenderá que yo no puedo estar pendiente de lo que hacen las chiquillas con los clientes, porque tengo que atender el bar, preocuparme de la música y otros menesteres, de modo que cada una responde por lo que hace.

- Muy bien, dijo Calderón y dirigiéndose a Evaristo Soto le consulta: ¿Con cual chiquilla estuvo usted?

- Con la Jessica, mi Cabo.

- Entonces señora Norma, que venga la Jessica de inmediato.

- Conforme, replicó la regenta, dirigiéndose al interior de la casa en busca de la muchacha.

Al poco rato regresó acompañada de una mujer alta, de hombros anchos, morena, de pelo rubio oxigenado, voz ronca, despeinada y de aspecto trasnochado. El no haberse sacado el exagerado maquillaje, le daba la apariencia de una vulgaridad desmedida. Aun así, no aparentaba más de 27 ó 28 años.

- ¿Cuál es su nombre señorita? Le interroga Calderón.

- Tengo dos nombres, mi Cabo, le responde la muchacha. Y continúa…el nombre artístico y el nombre verdadero.

- A ver, deme los dos.

- Bueno. El artístico es Jessica de Castro y el verdadero Ramón Fuentes Robles.

Por supuesto que Calderón comprendió de inmediato a quien se estaba dirigiendo. Sin embargo, sin dar muestras de asombro, continuó con lo suyo con absoluta normalidad.

- Este caballero, indicando a Evaristo, la acusa de haberle sustraído desde el bolsillo de su pantalón un billete de $ 20.000, mientras él –en estado de ebriedad- dormía en un sofá que se encuentra en el salón del local. ¿Qué me puede usted decir al respecto?. Le advierto que dispongo de poco tiempo y necesito que me diga la verdad de inmediato ya que en caso contrario vamos a tener que ir a arreglar este asunto a la Comisaría y como usted debe saber, en el cuartel las cosas se solucionan de otra forma. Calderón pretendía amedrentar a la muchacha para que dijera la verdad, con la amenaza de llevarla al cuartel.

- Si, mi Cabo, yo tengo claro que tengo que hablar con la verdad porque en caso contrario salgo perjudicada.

- Sí, pues chiquilla, intervino la Regenta, siempre hay que ir con la verdad por delante.

- Ya, vamos entonces con los hechos, según usted.

- Mire, mi Cabo, este caballero y yo estábamos bailando en el salón y tomando unos tragos. Y usted debe saber que la combinación de tragos con el baile tropical, que de por sí es calentón, más algunos bailes lentos bien apretados y uno que otro besito, fueron caldeando los ánimos y los cuerpos de él y mío, hasta que me pidió que nos fuéramos a acostar. Yo le dije lo que cobraba y estuvo de acuerdo. Nos fuimos a la cama y al comenzar a desvestirnos preferí decirle la verdad, es decir, que yo no era lo que él se imaginaba y me contestó que no le importaba. Entonces tuvimos relaciones que, según conversamos, nos dejaron satisfechos a los dos. Mientras descansábamos estuvimos charlando y él me preguntó qué era lo que yo sentía cuando tenía relaciones. Traté de explicárselo lo mejor que pude, pero como parecía que no me entendía con claridad, le propuse que probara y… él aceptó.

Evaristo Soto no hallaba dónde meterse, su rostro cambiaba de colores pasando por el arco iris completo, su mirada se clavó en el infinito y sus labios comenzaron a temblar notoriamente.

La Jessica continuó…fue entonces, mi Cabo, que yo al tomarlo de los tobillos, como carretilla, me di cuenta que tenía algo escondido en el calcetín del pié derecho, lo saqué y era un billete de $ 20.000 que guardé, porque, usted comprenderá, yo no hago ese tipo de trabajos, de manera que sólo cobré lo hecho y barato, porque para mi eso es un tremendo sacrificio.

Todo lo que se diga, mi Cabo, contrario a lo que le acabo de declarar, es falso y si este hombre es bien hombre, tendrá que reconocerlo así.

Se hizo un silencio en el que podría haberse escuchado el motor de un satélite artificial.

Fue Calderón quien lo rompió.

- Muy bien. ¿Qué me dice ahora señor Soto? ¿Tiene algo que replicar?

Evaristo Soto estaba mudo y su respiración era muy agitada. Tenía los ojos inundados de lágrimas que lograba mantener quien sabe por qué milagro.

- ¡Hable hombre! Le insistió Calderón. Niéguelo o afírmelo; pero no se quede callado.

- Sí, mi Cabo, dijo Evaristo con un hilito de voz casi inaudible.Todo lo que dijo la Jessica es verdad.

Y continuó entre sollozos…tengo tres hijos que ya son grandes y he caído en lo peor que puede caer un hombre. Qué pensarían ellos y mi mujer si supieran lo que me ha pasado. Creo que lo único que me queda es quitarme la vida, para que nunca se enteren de esta degeneración a la que ha llegado su esposo y padre. Retiro mi reclamo y disculpen las molestias.

Se aprestaba a marcharse, cuando intervino Calderón.

- Mire, mi amigo. Evidentemente que usted ha tenido una conducta, desde todo punto de vista, reprochable. Ha echado por tierra su condición de hombre-macho, de esposo y de padre, eso es innegable y probablemente usted mismo no se lo perdone jamás; pero aquí las cosas las arreglo yo y se hacen como yo lo dispongo. ¡Estamos claro! Entonces vamos a hacer un compromiso formal entre los cuatro que acá estamos. “Nunca, jamás en la vida nadie se va a acordar de este asunto, ni menos lo comentará”. Si alguien más lo llegara a saber, ya me encargaré yo de averiguar quien faltó a este compromiso y de hacerle pagar las consecuencias de esta deslealtad. Agregó, por último, con voz potente y clara: ¿Estamos de acuerdo?.

Todos contestaron al unísono: “Si, mi Cabo”.

Dicen que el Cabo Calderón, una vez terminado su servicio, dio cuenta no haber tenido novedades, es decir, durante su turno nada sucedió. Dicen también que ese día se le vio silencioso, alicaído y triste, aunque nadie supo por qué.

Evaristo Soto nunca más bebió una gota de alcohol, ni menos aún visitó un negocio nocturno de esa naturaleza. Tampoco vio jamás al Cabo Calderón.



viernes, 2 de noviembre de 2007

Toribio

Ramón caminaba cabizbajo por aquel camino polvoriento y asoleado que delimitaba, por un costado, con una cerca de zarzamoras y por el otro con una interminable hilera de álamos que, a determinada hora, proporcionaban un poco de agradable sombra.

Iba ensimismado en sus pensamientos que lo llevaban a tiempos pretéritos próximos y le producían una profunda tristeza que incluso, a ratos, le hacían rodar una lágrima de hombre sensible, aunque siempre rudo en sus modales.

No era común verlo en esas condiciones síquicas tan deterioradas ya que, más bien, era conocido como un hombre duro consigo mismo y con los demás. Aunque tenía buen carácter, no era de aquellos que tienen la broma a flor de labios, y no por falta de ingenio o de sentido del humor, sino más bien porque no estaba en él chacotearse con cualquiera que se le pusiera por delante. Esos momentos de confianza los dejaba sólo para disfrutar en círculos familiares.

Desde que murió la finada de su mamá que no pasaba por una pena tan grande. Claro que no era comparable una situación con la otra; pero cuando el sufrimiento es grande, nadie se anda haciendo comparaciones entre uno y otro dolor. Incluso Emilia, su mujer, lo embromaba diciéndole que estaba exagerando y que el cariño no podía llegar a tanto como para hacerlo llorar. Total…decía ella, no era ni de la familia.

Ramón fue siempre hombre lacho (enamoradizo) como el que más y aunque su vida estaba dedicada a su familia y su trabajo, siempre dejó tiempo para enamorar a alguna pollita o polloncita, del campo o del pueblo. ¡Nunca h´ey sido fijao en esas menudencias! Decía y agregaba con picardía ¡No soy na de superticioso ni asquiento!.¡Me dan lo mesmo las trintres, las cogote pelado o las castellanas!.¡P`a cazuela son todas guenas!

A diario y muy temprano, salía hacia el pueblo en su carretón a vender la leche de sus cinco vaquitas y tener para parar la olla todos los días sin que se notara la escasez del billete. Entonces conocía y enamoraba a las empleadas domésticas que, coquetonas salían a recibir la leche que Ramoncito, como le decían, les entregaba, no sin antes dejarles caer una bonita palabra. ¡Es triguito! Decía él. Después se acostumbran y terminan comiendo en mi mano y el día que no les digo nada, me preguntan ¿Qué le pasa Ramoncito, que está tan serio?.Y yo altiro salto: Es que todos los días le digo lo linda que amaneció y usted nunca me ha correspondido ni siquiera con un besito, ni aunque sea pa hacerme una ilusión…respondía.

A todas les decía irremediablemente lo mismo, el rezo se lo conocía de memoria y según él, le daba muy buenos resultados, porque no hay mujer que se resista a las palabras bonitas ni al halago y con mayor razón las que no son muy agraciaditas, porque a esas nadie les dice nunca un piropito. ¡Caen redonditas! Y son agradecidas.

Pero hoy, sus pensamientos estaban en otro lado. Recordaba con dolor a su gran amigo y compañero de tantas aventuras. Testigo de sus fortalezas y debilidades. Le vio vencer y ser vencido. Encarar y huir. Enamorarse y llorar las penas de amor y burlarse de amores que él no correspondía. Nunca le abandonó, ni dejó botado. Siempre a su lado aguantando a pié firme la sed y el hambre, la lluvia y el sol abrasador. Jamás una queja, ni una mirada de reproche, ni un gesto de malestar. Muy por el contrario, parecía que disfrutaba con sus picardías y, aunque su amigo era el serio de la dupla, a veces parecía que esbozaba una leve sonrisa de complicidad.

Comentando con algunos amigos la actitud y el comportamiento de Toribio –así se llamaba su compañero de andanzas- era, por cierto, la envidia de todos e incluso algunos los quisieron enemistar diciéndole que ya estaba viejo y en cualquier momento lo iba a dejar botado en plena correría, que mejor buscara otro compañero mas joven, ya que en un momento de apremio no iba a ser capaz de responder como se debía y hasta ahí no más iban a llegar sus diabluras. Naturalmente que Ramón se negó siempre. Andaría con Toribio hasta que el cuero no les diera más a los dos.

Y así no más fue. Ese día lo había ido a enterrar. La noche anterior se quedó dormido a la intemperie y cayó una helada de padre y señor mío que, parece, le provocó una bronconeumonía fulminante y la muerte mientras dormía. Por suerte todo fue rápido y prácticamente no sufrió.

Se llevó a la tumba sus secretos y los míos. Jamás dijo una palabra sobre nuestras correrías, incluso cuando la Emilia lo atrincaba y amenazaba con castigarlo. El, se limitaba a menear la cabeza de un lado a otro en señal de negación y guardaba un silencio sepulcral que a ella le exasperaba, aunque, en el fondo, le gustaba que Toribio fuera así, porque sabía que su marido estaba en buenas manos y no iba a andar en la boca de nadie por chismes.

La lealtad y abnegación de Toribio, era a toda prueba y frente a cualquier circunstancia, decía Ramón y contaba: “A veces cuando se me hace tarde por ahí, al momento de irnos, Toribio me mira, emite un ruido ininteligible y partimos para la casa al trotecito y como el pobre ha estado sin comer desde el almuerzo, le convido un sanguche de mortadela y un vasito de vino tinto, porque no soporta el blanco y con eso se conforma hasta el otro día. A la mañana siguiente, no necesito ni siquiera despertarlo. Me está esperando y contesta mi saludo con un curioso sonido semejante al de la noche. Incluso a esa hora ya está desayunado.”

Sus amigos le escuchaban con cierta incredulidad y se interesaban en conocer un poco mas sobre la vida de Toribio que, aparentemente, era tan fuera de lo común.

- Oiga on Ramón y…¿No se le ha conocido hembra a este badulaque?

- ¡No, fijesé!. Lo que pasa es que cuando era un potroncito, ustedes me comprenden, se anduvo enredando con una hembra bastante mayor que él y le cayó la rocha. En esos tiempos el castigo era demasiado severo y eran intransigentes, así que lo agarraron entre varios y le cortaron los compañones sin contemplación alguna.

- ¡Putas los guevones salvajes! ¡Le cagaron la vida!

- ¡Así no más fue!. Pero él ha afrontado con mucha hidalguía y coraje su condición, y ha llevado una vida igual que un monje de claustro. Nunca más miró una hembra ni le interesan. Seguro que, además, debe tener la herramienta atrofiá por falta de uso.

- ¡Seguro que sí, po!. Además que tiene que haber quedado resabiado con el tremendo castigo que tuvo. A la otra lo hubieran matado y…no es pa tanto el gusto.

- Pero no vayan a creer que es p´al otro equipo o como dicen ahora, se le quema el arroz. No…no…hay que ser harto machito pa soportar callado y sin queja la vida que a él le ha tocado. Lo otro, lo de la herramienta es una desgracia que a cualquiera le pudo haber pasado.

- Así no más es, y aún ahora nadie está libre de tamaña desgracia.

- Pero yo me he desquitado y todo lo que él no ha podido hacer, lo he hecho yo de pura rabia. He enamorado y hecho mía a cuanta cristiana se me ha puesto .por delante y siempre…a la salud de Toribio y aunque no somos iguales, él sabe que es por venganza a lo que le hicieron. No vayan a creer que ha sido por mi placer…noo…noo.

- Se nota que usted lo quiere re mucho porque no cualquiera hace esos tremendos sacrificios, dijo uno de los amigos. Recuerdo haberlo visto una vez con una gorda que debe haber pesado más que un novillo de rodeo, que tenía rollos hasta en el dedo meñique y cara de chancho con triquina. ¡Guen dar con la diabla fea iñor!. ¡Si de puro mirarla a uno le daban arcadas!. Y usted, don Ramón, metidito en un pliegue de la guata, haciéndole moroco.

- ¡Es la pura y santa verdad! Agregó otro…yo también lo vi en acción una vez con la vieja descaderá que vive en una ruca a la orilla del canal La Mojicana. Me condenara que la vieja se quejaba más que un apaleado, pero no aflojaba ni un milímetro. Se notaba a lo lejos que era puro desquite de don Ramón porque ella estaba colgando agarrá de un pedazo de soga que estaba amarrado de una viga.

- Así como esos, muchos otros casos…les cortó los recuerdos Ramón, porque le parecía impropio que se estuvieran ventilando públicamente sus actos de nobleza cuando intentaba reparar la dignidad de Toribio.

Ramón no podía sacarse de la cabeza a su compañero de correrías. Lo veía botado, frío, con el cuerpo rígido, los ojos entreabiertos al igual que sus labios que dejaban ver unos dientes grandes, potentes, firmes y semi amarillentos.

Cavó la tumba en el mismo lugar sin pedir ayuda a nadie ya que consideraba que Toribio merecía sobradamente ese sacrificio suyo. Lo sepultó en silencio y con el corazón apretado, compungido, sangrante…

Aún recordaba, con absoluta claridad, el primer día que lo vio. Estaba entre muchos otros, sin embargo sus miradas se cruzaron e inmediatamente se produjo algo así como una complicidad, una simpatía, una mutua atracción y Ramón, sin pensarlo dos veces le dijo:”¡Tú vas a ser mío…ya lo verás!”

Entonces Toribio era joven, lleno de energías y vigor y a pesar de esta inexperiencia, supo también que tenía que entregarse a este hombre y transformarse en su fiel servidor por el resto de su vida.

Ramón nunca fue un hombre adinerado, muy por el contrario, siempre le faltó el billete. Sin embargo ese día estaba dispuesto a todo, incluso a encalillarse, pero nadie le quitaría este ejemplar. Le había gustado mucho y sería suyo a toda costa.

Hacía ya un buen rato que el remate había comenzado en la feria de animales y Ramón esperaba pacientemente que su ejemplar ingresara al corral donde se mostraban los animales para ser subastados. Pocos minutos después, ingresó el que sería suyo. Fue una lucha encarnizada con otro comprador que, al parecer, tenía tanto interés como él en quedarse con este caballo negro azabache que lucía una pequeña mancha blanca en la frente, como estrellita de la suerte, le pareció entonces. Ramón llegó al límite de su poder económico cuando su contrincante se retiró del combate.

Le puso de nombre Toribio, porque le parecía un náufrago llegado desde el mar de la feria de animales a la aventura de un lugar que le era totalmente desconocido.

¡¡¡Toribio… Toribio… Toribio!!! ¡Qué caballo más fantástico! ¡Ciego, sordo y mudo! ¡Era el cristiano perfecto!

lunes, 15 de octubre de 2007

La ilusión de Juano

Como ocurría con cierta frecuencia, Francisco tomó su automóvil y salió a pasear hacia el campo.

Era una tarde primaveral, alrededor de las 18,00 horas. El sol se encontraba próximo al ocaso y la temperatura bordeaba los 23 grados. Una suave brisa completaba el ambiente y lo hacía agradable a los sentidos.

La primavera se hacía notar con las flores que adornaban los bordes de los potreros, el ramaje de los árboles frutales y silvestres, los sembradíos asomando sus primeras hojitas y los pajaritos felices, algunos preparando sus nidos y otros cortejando a sus parejas con bailes y piruetas.

Francisco, hombre ya maduro, de temperamento tranquilo, pensador, un poco reservado con sus cavilaciones y muy místico, amaneció ese día con una melancolía que no le era extraña. Parecía que con los años se le acentuaba cada vez más. Le gustaba guardar silencio por largas horas sentado en el corredor de su casa contemplando los cerros que se levantaban a poca distancia, como si tratara de interiorizarse de todos los detalles o de ser capaz de ver a un conejo pastando o correteando por los lomajes.

Un cigarrillo y una copa de vino, hacían que para él estos momentos fueran lo máximo, haciéndolo evadirse de la realidad y llevándolo a estados mentales superiores, donde el cuerpo no existe.

Sin embargo, Francisco no era un hombre extraño, sólo que con cierta frecuencia disfrutaba con estos momentos que, según decía, eran sólo para él.

La melancolía que sentía ese día, lo llevó a ese camino secundario que se internaba más hacia el campo y que desde tanto tiempo tenía deseos de conocer. Lo bordeaban acacias en flor, álamos y sauces con hojitas chicas propias de la época. Culebreado sin sentido, como si su trazado se hubiese hecho siguiendo la huella dejada por los animales silvestres en pasados tiempos. Un par de hebras de alambre lo delimitaban de los potreros, que eran necesarias sólo para evitar la salida de los animales.

Ni una casa, ni una ruca, ni una ramada, indicaban la presencia humana permanente por el sector, siendo esta característica, talvez, la que le daba un atractivo especial.

Francisco recorría lentamente este camino disfrutando profundamente del paisaje. Venían a su mente recuerdos de su infancia y adolescencia cuando, junto a sus hermanos y primos, veraneaban en casa de su abuela en el campo cercano a Santa Cruz. Sentía que transitaba por el callejón de Los Olivos y que pronto se encontraría con el estero Las Toscas donde tiraría el anzuelo provisto de una inmensa lombriz, para probar su suerte en la pesca de la carpa. Primos y hermanos acompañando al tío Tito que asumía la responsabilidad de salir con esta tremenda pandilla de chiquillos. Cada uno con su cañaveral al hombro en la que se anudaba un pedazo de lienza de hilo a la que a su vez se amarraba un corcho, un pedacito de plomo o a falta de éste una piedrecilla y el anzuelo. La conversación era ininteligible, cada uno hablaba por su cuenta y todos al mismo tiempo. Siempre era sobre lo mismo: el mejor lugar para tirar el anzuelo, el tamaño de los peces que ahí salían, el peligro que se corría para llegar a ese lugar, etc. Algunos hacían duplas con los primos y se secreteaban sobre el lugar que ellos elegirían para que el resto no se enterara y los pudiera seguir. El tío Tito, con una inmensa paciencia, los escuchaba y reía con un tssi tssi tssi curioso.

Un bache un poco más grande que los otros le hizo volver a la realidad y tomó nuevamente conciencia del paisaje que le circundaba, de los animales ovinos y bovinos que en completa armonía compartían los verdes, tiernos y jugosos pastos, del sonido del agua que corría con fuerza por una acequia regadora y si ponía mucha atención talvez podría escuchar el lejano ladrido de algún perro; pero de existencia humana, ni una seña.Por esta razón es que llamó tanto su atención cuando vio a una persona que, con la pala al hombro, caminaba por la orilla del camino.

- ¡Buenas tardes señor! Le saludó Francisco

- ¡Buenas tardes caballero! Le respondió el campesino y masculló para sus adentros, “por si fuera”.

- ¿Hacia dónde va este camino?

- Por aquí puede llegar a La Lajuela, pero en este tiempo el estero Guirivilo, que se encuentra a unos tres kilómetros, trae mucha agua y no es posible vadearlo ni siquiera a caballo.

A Francisco le gustaba conversar con la gente del campo, ya que, según decía, siempre tenían algo que enseñarle, aunque fuese una creencia popular absolutamente inverosímil, de modo que paró el motor de su vehículo y decidió bajarse e iniciar una conversación.

- Así debe ser porque el invierno fue bastante lluvioso y frío de modo que debe haber mucha nieve que se está deshielando en este tiempo.

Y antes que el campesino continuara su camino, lo atacó rápidamente con una nueva consulta.

- ¿ Y cómo han estado las cosas por aquí ?

- A qué se refiere caballero.

- Me refiero a las cosas del campo. Las siembras, los riegos, los animales, las pariciones y todo lo que sucede por acá, que, por lo demás nos preocupa a todos, ya que si a ustedes les va bien con las cosechas, los precios de los productos no suben y eso nos favorece a todos.

- Si, caballero, favorece a todos menos a nosotros, ya que los precios de los productos agrícolas no suben, pero suben los productos no agrícolas y como nosotros no ganamos un peso más que el año pasado, no nos alcanza para comprar esos productos. Se da cuenta usted que lo que favorece a unos perjudica a otros.

- En realidad sorprendió a Francisco la respuesta del campesino, ya que esperaba un razonar bastante más sencillo.

- Tiene razón, le contestó. No deseaba entrar en una conversación densa, pero tampoco quería cortarla, de modo que alargando la mano se presentó.

- Soy Francisco Jesús y tengo mucho gusto de conocerlo.

- Mucho gusto caballero, respondió el campesino con mucha cortesía.

- Y cuál es su nombre mi amigo?

- Depende… caballero.

- No entiendo de qué puede depender su nombre.

- Sí, caballero, depende…Fíjese usted que para la gente del pueblo, yo soy Juan y para la del campo soy Juano.

- ¡ Ah ya ! . Entonces para mi usted va a ser Juano. Prefiero la gente del campo a la citadina… es más buena.

- Lo importante, don Francisco Jesús, es que no confundan ser bueno con ser gue…no. Usted me comprende, no es cierto?

- Perfectamente y comprendo su aprensión al respecto.
En la ciudad tienen la creencia que la gente del campo es más bien gue…na. Pero conmigo no se preocupe, conozco a unos y otros y por este conocimiento es que me quedo con la gente del campo.

-Muchas gracias, da gusto conversar con personas que saben valorar a sus semejantes por lo que son y no por lo que tienen, ya que como seres humanos todos somos iguales y si somos iguales valemos lo mismo. O no es así?

- Por supuesto que sí.
Otra vez Juano lo sorprendía con un planteamiento que iba más allá de lo que él aparentaba.
A Francisco le incomodaba un poco que este hombre, aparentemente inculto, le diera respuestas así. Incluso sentía un pequeño temor de entablar una conversación de esa naturaleza ya que, en una de esas, lo podía poner en serios aprietos y no encontrar qué responderle.

Decidió, entonces, continuar la charla pero salirse del tema.

- Oiga don Juano…¿ Y por este sector, el único que trabaja es usted ?

- Así no más es. Lo que pasa es que este predio es mío, lo heredé de mi taitita y yo fui hijo único y como soy soltero, me sobra el tiempo para trabajar la tierra yo solito. Por lo demás, los trabajadores están tan mañosos que lo único que se consigue con ellos, es pasar malos ratos.

- También en eso tiene razón; pero… ¿ Cómo no le ha dado por casarse, para tener por lo menos una mujer que lo acompañe y le converse?. Usted no es nada de mal parecido y tiene buena situación económica…de más que encuentra una mujercita.

- Eso lo tengo claro. Créame usted que me he desentendido de unas cuantas, que han puesto interés en mí; pero las cosas no son tan simples como se ven.

- Pero aún así, quizás no sea sano que un hombre viva solo con su alma. Es bueno que al llegar del trabajo, una mujer lo espere, le comente lo bueno y malo del día y, por qué no decirlo, lo encariñe un poquito.

- Yo también lo quise con todas mis fuerzas, caballero; pero el destino se cumple como Dios quiere y no como se le antoja al hombre. Ya hubiese querido yo que Dios me hubiera dado en el gusto.

- ¿Fue muy grande la desilusión Juano?

- No…caballero. No fue desilusión. Lo grande fue la ilusión. Laurita Rodríguez se llamaba...

Juano no era un hombre que de buenas a primeras contara su vida, ni menos a una persona que recién conocía; pero es posible que este mismo hecho le hiciera explayarse ante alguien que probablemente no vería nunca más. Era como si hablara consigo mismo y desahogara las apreturas de su corazón de hombre duro, que no podía demostrar flaqueza ante quienes le conocían. Así, aprovechó la ocasión y decidió abrirse ante esta persona de paso por el lugar, un forastero.

Y c
ontinuó: Era la mujer más hermosa que jamás he visto. Todo en ella era como de otro mundo. Sus ojos grandes, almendrados, de un verde nunca más visto por nadie, adornados de inmensas pestañas que le daban un aspecto somnoliento, que dulcificaba su expresión. Su boca, de labios moderadamente carnosos y perfectamente dibujados, que al sonreír dejaban ver unos dientes de mediano tamaño, parejos y blancos. Nariz pequeña, delgadita y respingada.

- En fin, caballero, como le dije, todo en ella era hermoso y no sólo en su aspecto físico, sino también en lo espiritual. Mujer buena, cariñosa, atenta, trabajadora, muy cristiana de formas y de fondo, siempre habló bien de todo el mundo, jamás se quejó de nada ni de nadie. No le digo…caballero…era una mujer de otro mundo.

Mi taitita me hizo estudiar porque quería que yo fuera agrónomo para trabajar la tierra con sabiduría y no a lo bruto como lo hacía él…decía. Pero mi intención iba un poco más allá. Yo también quería ser profesional para tener algo propio que ofrecerle a ella y poder darle la vida de reina que merecía.

Un día se lo dije y le confesé también mis sentimientos de hombre enamorado. Me sentía indigno de ser correspondido. Estaba ella tan lejos, tan alta, tan inalcanzable…que prácticamente yo mismo justificaba su rechazo; pero aún así, ella tenía que saber que era la vida misma para mi.

Me miró, caballero, con una dulzura que la mismísima virgen María no hubiese sido tan expresiva y que Dios me perdone por la comparación, pero así la vi…y me dijo: Juano, tus palabras de amor me enaltecen y yo no merezco tanto o por lo menos no he hecho nada para merecerlo, y con dolor en mi corazón debo decirte que yo no soy para ti ni para otro hombre. Por favor Juano, no hablemos más de esto y algún día comprenderás por qué lo digo.

Me fui a casa con la cola entre las piernas, pero no resentido, no hubiese podido, la quería demasiado.

Como no la tenía ni la iba a tener, decidí no continuar mis estudios universitarios y pese al disgusto que le causé a mi taitita, regresé al campo a trabajar la tierra, poniendo como pretexto que él se estaba poniendo viejo y necesitaba ayuda en los quehaceres de la parcela.

- ¡Perdóneme Juano!, le interrumpe Francisco, pero la vida siempre nos da otra oportunidad.

Déjeme terminar, caballero, que de la historia ya queda poco.

No pasó mucho tiempo de mi vuelta al campo, cuando mi taitita se agarró una enfermedad llamada difteria que contagió a mi mamita y ahí estaba yo sin hallar qué hacer con los dos viejitos enfermos. Recurrí a algunas vecinas para que me ayudaran a cuidarlos, pero nadie quiso correr el riesgo porque tenían chiquillos chicos y la enfermedad era demasiado peligrosa. Sin que se lo pidiera, vino Laurita a cuidarlos. A veces se amanecía con ellos, porque la enfermedad los ahogaba y al otro día estaba con las mismas energías haciendo los quehaceres domésticos y preparándoles alguna sopita.

Antes de un mes, el taitita y la mamita, murieron. En el velatorio y el funeral, Laurita las ofició de dueña de casa.

Fue la última vez que la vi. La agarró también la enfermedad, no quiso aceptar ninguna visita y …se me murió…caballero. Ahí comprendí por qué me dijo que no era para mi ni para nadie…ella presentía este final prematuro.

Francisco Jesús ya no quiso interrumpirlo. La expresión de Juano era de tanto dolor que lo tenía a él emocionado y compungido, temiendo incluso que una lágrima acusara su debilidad.

Juano, después de un prolongado silencio en que parecía estar reviviendo lo .pasado, continuó:

- Y usted me dice, don Francisco, que estoy solo. ¡Cómo voy a estar solo! Si Laurita está conmigo día y noche. Si con ella converso, sueño, rio y lloro. ¡Cómo voy a admitir otra mujer en mi casa! Si está ella... Un día me dijo: yo no soy para usted Juano. Y en eso se equivocó, porque la tengo conmigo en todos lados. En la casa y en el potrero, cuando voy de compras le consulto lo que vamos a necesitar, qué nos falta, en fin, ella y yo somos uno solo y no estoy dispuesto a dejarla ni cuando la muerte nos separe.

- ¡¡Amigo mío!! Y ¿Cuánto tiempo ha pasado de su muerte?

- Hace apenas veinte años. Como usted ve, todo ha sido muy reciente.

Juano hizo otro largo silencio y por último agregó: Eso es todo. Gracias por haberme escuchado. Se echó la pala al hombro y siguió su caminar silencioso y cabizbajo.

Francisco no encontró palabras de despedida. Cualquier cosa que hubiese dicho le hubiera parecido ridícula o fuera de lugar. Miró a Juano alejarse hasta que se perdió en un recodo del camino.

Comenzaba a oscurecer cuando regresó a su casa y su mujer, acostumbrada a las andanzas solitarias de su marido, nada preguntó; pero él se acercó y le dio un beso en la frente al tiempo que, con una tremenda ternura, le decía…muchas gracias, sin dar explicación alguna.

Francisco buscó muchas veces a Juano porque quería ser su amigo de verdad, acompañarlo en su soledad y hacerle la vida un poco más llevadera, más nunca lo encontró. Sabía también, por cierto, que Juano no estaba solo… Laurita lo acompañaba.

Desde entonces cada noche en sus oraciones nocturnas, Francisco eleva una plegaria porque esta tan linda unión espiritual de Juano y Laurita no se disuelva jamás.


miércoles, 3 de octubre de 2007

EL ASALTO

Debe haber sido un domingo de un hermoso verano en un tradicional balneario de la zona central. Todo transcurría con la más absoluta tranquilidad y los veraneantes disfrutaban de sus vacaciones junto a sus familias como si estuviesen en el patio de sus casas. A pesar que la afluencia de público era bastante, no se habían producido hechos delictuales importantes. Uno que otro hurto menor, alguna pendencia nocturna producto del estado de ebriedad de los participantes, accidentes de tránsito leves y en general, situaciones que no revestían mayor importancia policial y que podían catalogarse de rutinarias.

El Capitán Raúl González, recién trasladado al pueblo, estaba contento con su nueva destinación y tenía la sensación que su estadía en él le sería grata. El clima: ideal; la población era reducida durante el ochenta por ciento del año y estaba compuesta por pescadores, empleados públicos y municipales, comerciantes y algo también de agricultores. Es decir, sólo gente trabajadora y buena.

Las estadísticas indicaban que hacía cinco años se había cometido un homicidio producto de una pelea de ebrios y aún después de pasado tanto tiempo, todavía se comentaba el hecho como algo absolutamente extraordinario. Antes de ésto, no se tenía memoria de otro hecho similar.

González era un hombre un tanto introvertido, de pocos amigos y pocas palabras, muy observador y dedicado el ciento por ciento a su trabajo y su familia, de manera que si realizaba alguna actividad de tipo social, era solamente porque su función se lo exigía. Talvez por esta forma de ser es que lo tenía bastante incómodo el hecho que su antecesor no le hiciera entrega de la única vivienda fiscal existente en el lugar y que le correspondía a él por ser el Jefe de la Subcomisaría y esto le impedía traer a su familia que, momentáneamente, se mantenía en casa de sus suegros. Esta situación le obligaba a dormir en el cuartel y a pagar pensión en un restaurante del lugar.

González, era también muy preocupado de la imagen que él, como jefe, proyectaba hacia la comunidad, de manera que el restaurante elegido para su alimentación tenía que ser de un buen nivel social lo que maltrataba aún más su siempre escuálido bolsillo, amén de la molestia que le significaba tener que vestirse de civil dos veces al día para ir a almorzar y cenar, puesto que consideraba de mal gusto estar de uniforme en un negocio con venta de alcohol; pero, por el momento, no tenía alternativa alguna sino esperar se le entregara la casa; por lo demás, no podría pasar mucho tiempo para ello.

Este domingo más o menos a las 22.00 horas el Capitán González se encontraba cenando, como ya se le había hecho una costumbre, en una mesa que había elegido porque tenía una vista al mar privilegiada, ideal para su condición de solitario. Vestía un pantalón de tela, una casaca cortaviento y una polera de algodón, común en esta época y calzaba un par de mocasines. Es decir, era como un veraneante más.

A pesar de encontrarse ensimismado en sus pensamientos se percató que tres individuos, vestidos igualmente como turistas, se habían sentado en la mesa que estaba inmediatamente detrás de la suya. Llamó su atención, el hecho que uno de ellos llevara un maletín porta documentos, nada usual para un veraneante, situación que vio por el reflejo de ellos en el vidrio de la ventana.

Nada hubiese importado si él no escucha la conversación que estos individuos tenían y que realizaban en voz muy baja, lo que, por cierto, le significó hacer un esfuerzo extraordinario para oírlos. Y vaya lo importante que era esta conversación:

- Tenemos que juntarnos en la puerta del banco a las 08,50 horas, pero que nadie se de cuenta que andamos juntos, porque algún funcionario se puede percatar de nuestras intenciones o algún cliente les puede dar el soplo, decía el que parecía llevar la voz cantante y ser el líder del grupo.
- Sí, está bien, estoy de acuerdo, dijo uno.
- Yo también, agregó el otro.
- Entonces, continuó el jefe, apenas abran las puertas del banco, vamos a entrar rápidamente para sorprenderlos. Tú te vas de inmediato a las cajas y tú a la oficina del Jefe Administrativo. Yo me encargo del Agente. Así les quitamos toda posibilidad de acción o mejor dicho de reacción. Hacemos la pega rapidito y nos vamos al balneario vecino a pasarlo bien.

Los otros estuvieron de acuerdo nuevamente. Dieron por cerrado el tema y conversaron otros asuntos sin importancia, ya en un volumen bastante más normal.

El Capitán González, medio atragantado con el postre de frutas, ni siquiera se sirvió su agüita de hierbas como era su costumbre. Se levantó de la mesa y se fue al cuartel a toda prisa. Una vez allí se puso su uniforme y se preparó para el arduo trabajo que le esperaba. Tomó el teléfono y llamó a la casa del Agente del banco que, a esa hora -23,00- ya se encontraba acostado. Sin embargo insistió en hablar con él.

- Señor Agente habla el Capitán González
- Capitán… qué se le ofrece
- Necesito hablar con usted en forma urgente acá en el cuartel y le ruego que no comente esto ni siquiera con su señora. Es un asunto de suma gravedad y muy delicado
- Pero, Capitán ¿no me puede dar una luz sobre el tema de la reunión tan urgente que me solicita a estas horas de la noche?
- Por teléfono no, señor
- Entonces yo no voy a asistir a su reunión. Usted comprenderá que yo mañana tengo mucho que hacer y no me puedo dar el lujo de asistir a reuniones el domingo a las once de la noche. Perdóneme pero le pido me deje dormir
- Señor Agente, le quiero advertir que si usted no concurre a mi oficina en estos momentos, yo le aseguro que durante el día de mañana a usted lo echan del banco y le aseguro, además, que no estoy bromeando. No se lamente después de no haber sido notificado. Buenas noches

El Capitán González había dicho lo último de manera muy cortante y poco cortés, incluso terminando la llamada sin esperar respuesta.

Pidió un plano del pueblo y comenzó a elaborar un plan que le permitiera cercar el sector con el mínimo de personal, pues para estos efectos era poco del que disponía; pero tampoco estaba dispuesto a dejar que estos maleantes consiguieran su objetivo.

No pasó media hora, cuando le anunciaron que el Agente del banco se encontraba en el cuartel y quería hablar con él. Por supuesto lo hizo pasar de inmediato.

- Señor Agente, le ruego me disculpe pero la situación que le voy a exponer, le convencerá que tengo razón al haberlo citado a mi oficina en este día y a esta hora

El Agente, aún sumamente molesto, contestó: ¡Más le vale Capitán!

Con un "Verá usted..." el Capitán comenzó a narrarle toda la conversación que había escuchado en el restaurante y a explicarle lo que lo convencía que no se trataba de delincuentes comunes, sino de extremistas. A medida que avanzaba en el relato, el Agente cambiaba de colores y se tomaba la cabeza a dos manos pensando que él estuvo a punto de no concurrir a la reunión. Y pensar que al día siguiente a primera hora su banco sería asaltado, más aún cuando los asaltos a los bancos eran pan de todos los días.

- ¡Dios mío, Capitán y pensar que no le creí sobre la urgencia de su citación, ahora soy yo quien le pide disculpas!
- Bueno, no se preocupe, ahora lo importante es que armemos una buena defensa y sean ellos los sorprendidos. Debemos reducirlos antes que alcancen a actuar ya que, como usted sabe, los extremistas andan armados hasta los dientes y no tienen ninguna consideración. Si les damos la más pequeña oportunidad, capaz que nos acribillen a balazos a todos
- Es cierto, esta gente no tiene Dios, ley, ni conciencia. Son capaces de matar a su madre a sangre fría
- Bueno, vamos a lo nuestro, continuó el Capitán: Como yo les escuché decir que uno iba a atacar las cajas, otro la oficina del Jefe Administrativo y el tercero la oficina suya, entonces en esos lugares es donde los vamos a sorprender. En la calle no podemos hacerlo porque no sabemos quienes son ya que no les vi la cara, además se darían cuenta que somos Carabineros y abortarían su plan y nosotros tampoco podríamos hacer nada en su contra. Como ve, la única posibilidad es atraparlos dentro del banco; pero usted no se preocupe porque vamos a actuar solamente nosotros
- Pero... y ¡¿Cómo lo va a hacer Capitán?!

El Agente, no podía más, estaba con los nervios destrozados, le temblaba la barbilla, las manos le sudaban heladas, las rodillas le tiritaban, en fin, estaba hecho un verdadero guiñapo. Jamás pensó verse envuelto en una situación semejante y observaba con cierta envidia la sangre fría del Capitán que planificaba las acciones a seguir.

- Pienso poner dos hombres por cada uno de los lugares que van a ser atacados y como en cada lugar va uno solo de ellos, los dos míos los harán añicos, ya verá

El Capitán hizo una pequeña pausa, miró fijamente al Agente y continuó con voz entera:

- "Llegaremos al banco a las siete de la mañana, todos vestidos de terno y corbata, como corresponde a un empleado bancario y, a medida que vayan llegando los funcionarios, los vamos a esconder en algún lugar seguro y los Carabineros van a ocupar el lugar de ellos. Así entonces, los cajeros serán Carabineros, el Jefe Administrativo va a ser un Sargento y yo seré el Agente, porque de acuerdo a lo escuchado, el jefe de ellos se va a tirar a la oficina suya y ahí nos veremos las caras. Como ve, ustedes no tendrán participación alguna y por lo mismo no correrán ningún riesgo

- Tenemos una sala de reuniones que se encuentra ubicada en la parte posterior del edificio. Ahí, creo yo, podemos refugiarnos los funcionarios del banco, sugirió el Agente.
- ¿Puede usted hacerme un croquis de las dependencias del banco?
- Por supuesto, si me conozco hasta el último rincón. Hace ya cuatro años que trabajo en esta oficina; recibió una hoja de papel tamaño oficio que le pasó el Capitán y comenzó a trazar un plano de la planta del inmueble.
- Muy bien. Las acciones se van a desarrollar de la siguiente manera: Como ya dije nosotros, los Carabineros, llegaremos al banco a las siete de la mañana y entraremos directamente a la sala de reuniones. Allí esperaremos la llegada de los empleados del banco. Así entonces: llegó un cajero, lo dejamos en la sala de reuniones y salen de ahí dos Carabineros a ocupar su lugar y lo mismo repetimos con el Jefe Administrativo y con usted, de manera que nadie se percate que el banco tiene más gente que la normal. El guardia abre las puertas del banco a las 09,00 horas y rápidamente se esconde detrás de algún escritorio u otro lugar seguro. Los extremistas, de acuerdo a sus planes, se dirigirán a los sitios señalados y ahí los estaremos esperando muertos de la risa y con los brazos abiertos ¿Qué le parece, señor Agente? ¿Alguna objeción al plan?
- Me parece, Capitán, que está sumamente claro y sólo tengo una consulta: ¿Qué pasaría si alguno de estos terroristas logra huir a sangre y fuego?
- Buena pregunta, pero eso ya lo tengo planificado: Tendré un anillo que cubrirá la manzana completa y dos franco-tiradores ubicados en el techo de la casa que queda frente a la puerta del banco. Bien, señor Agente, usted no hable con nadie sobre esto, trate de dormir y mañana a las siete nos encontramos para que nos abra la puerta del banco. Eso es todo con usted. Yo tengo mucho que hacer todavía. Buenas noches
- Buenas noches, respondió el Agente y se dirigió a su casa.

Verdaderamente iba asustado. Mil ideas bombardeaban su cabeza y lamentablemente todas malas y trágicas.


Por su parte, lo primero que hizo el Capitán González fue citar urgente al cuartel al Sargento Meneses, que era su segundo a bordo y que se caracterizaba por su serenidad ante situaciones adversas y difíciles. Había demostrado en muchas oportunidades su aplomo y dominio de sí mismo, como igualmente su decisión y valentía. Por otra parte, Meneses conocía bien al personal y sabría a quienes elegir para las acciones al interior del banco, que eran las más complicadas y donde se requería ser más osado y temerario.

En 15 minutos, el Sargento Meneses se presentó en el cuartel y se puso a disposición de su jefe.

- Escuche bien, Meneses, lo que le voy a contar. Resulta que hoy, mientras me encontraba cenando, llegaron al negocio tres individuos que se sentaron en la mesa detrás de la mía…

Narró el Capitán todo lo acontecido y le puso en antecedentes sobre el plan de acción que había elaborado.

- Necesito que usted me ayude a seleccionar al personal que va a actuar. Yo no los conozco todavía y la situación es demasiado difícil como para improvisar.
- A su orden, mi Capitán, me quedó clarita la película. Voy a seleccionar de inmediato a la gente
- Meneses, le interrumpió el Capitán, nadie más que el Agente del banco y usted sabe sobre esto y quiero que se mantenga el secreto hasta mañana cuando instruyamos al personal sobre el procedimiento. Por ahora hay que citarlos de civil y con terno y corbata, pero que no sepan para que.

Un nuevo "a su orden mi Capitán" y Meneses se retiró a su función.

Esa noche ni el Capitán ni el Sargento ni el Agente, pudieron conciliar el sueño. Cada uno, en lo suyo, estuvo analizando paso por paso lo que había que hacer al día siguiente y haciéndose preguntas que, a esas alturas, ya no tenían respuestas. Las cartas estaban jugadas y había que afrontar lo que viniese.

La noche se hizo demasiado larga y demasiado tensa para ellos; pero la mañana tenía que llegar.

A las 06,00 horas ya estaba en el cuartel el Capitán y el Sargento. Ambos vestidos correctamente de civil y, efectivamente, como empleados bancarios.

El resto del personal había sido citado a las 06,30 horas manera que no alcanzaran a hablar con nadie sobre los acontecimientos que sucederían dentro de poco. El secreto era fundamental para sorprender efectivamente a los extremistas: No podía olvidarse que ellos también manejan su servicio de inteligencia, de manera que no podía darse luz alguna.

Siguiendo las formalidades habituales, el Sargento Meneses ordenó distribuir el armamento y la munición e hizo ingresar al personal a una salita que cumplía la función de comedor, a la espera que el Capitán impartiera las instrucciones del caso. Los Carabineros, acostumbrados a situaciones imprevistas, ni siquiera preguntaban de qué se trataba y suponían que muy pronto lo sabrían.

El Capitán González, con un aspecto grave, más allá de lo normal en él, impartió detalladamente las instrucciones y les instó a actuar con valentía y decisión, recordándoles que habían hecho un juramento de honor de rendir la vida si fuese necesario en defensa del orden y de la patria.

- Cabo Primero Valencia y Cabo Segundo Tapia, se encargarán de la Caja Nº. 1; Cabo Primero Leiva y Carabinero Pino, Caja Nº 2. Usted, Sargento Meneses, con el Cabo Segundo Pérez se hacen cargo de la oficina del Jefe Administrativo y yo, con el Cabo Primero Huerta, voy a la oficina del Agente, declaró con voz firme el Capitán.

Con voz aun más grave y pausada y mirando a los ojos a cada uno de los funcionarios, agregó:

- Les repito una vez más: Hay que actuar sin contemplación alguna y sin dar ventajas ni oportunidades. Estamos enfrentándonos a terroristas, gente instruída en el extranjero en esto de las guerrillas. Son extremadamente peligrosos y saben que nosotros, los Carabineros de Chile, somos más peligrosos y valientes que ellos ¡¡¿Alguna duda, algún temor... a alguien le tiritan los calzoncillos?!!

- ¡¡¡No mi Capitán!!! Fue una sola voz. Palabras que salieron del alma misma de los Carabineros que se encontraban ansiosos, ya, de entrar en acción. La arenga del Capitán les había calado en las profundidades del espíritu.

A las 06,55 horas se encontraban en el lugar en que se realizarían los acontecimientos. El Agente los esperaba inquieto, hacía quince minutos que se paseaba de un lado a otro esperando la llegada de los Carabineros y mirando el reloj a cada instante. Abrió la puerta trasera del banco para los Carabineros que trabajarían en el interior. El resto fue distribuido de acuerdo a lo planificado. Incluso a esa hora se habló con el dueño de la casa donde se instalarían los francotiradores, quien estuvo dispuesto a prestar toda su colaboración: mal que mal iba a participar en un asunto policial que seguramente aparecería hasta en la televisión.

Todo estaba listo y dispuesto, sólo había que esperar a las 09,00 horas para que ardiera Troya.

Y… la hora llegó.

En la puerta del banco esperaban siete personas, incluidos los tres terroristas y dos Carabineros.

Se abrió la puerta y el guardia rápidamente se fue a encerrar al baño.

Los terroristas siguieron su plan al pie de la letra: Uno hacia las cajas, otro a la oficina del Jefe Administrativo y el tercero a la oficina del Agente.

Una vez que los Carabineros se dieron cuenta de quienes eran, cayeron sobre ellos sin darles tiempo ni siquiera de amagar sacar un arma y comenzaron a darles una pateadura de padre y señor mío. Si un terroristas intentaban decir algo no lo conseguía, porque recibían una bofetada en la boca; mientras un Carabinero lo sugetaba el otro le torcía los brazos para ponerle las esposas. En resumen, los tres fueron reducidos, silenciados, aporreados y revolcados en menos que canta el gallo. No se les permitió emitir palabra alguna porque había gente civil que no tenía por qué imponerse de los detalles del procedimiento.

El Capitán González, orgulloso de su personal y de los resultados obtenidos, mandó los detenidos directamente al cuartel, con claras instrucciones que no hablaran absolutamente con nadie hasta que él no los interrogara.

Inmediatamente después se dirigió a la sala en que se encontraban los empleados bancarios a notificarles que todo había concluido sin que se registraran problemas mayores, salvo un par de mesitas de arrimo y un teléfono que cayó desde un escritorio, que se encontraban deteriorados, producto de la refriega. Lo demás todo en orden y los terroristas detenidos y camino al cuartel.


Los funcionarios del banco, impresionados por la eficacia y rapidez del procedimiento, le brindaron al Capitán un caluroso aplauso que, éste, emocionado agradeció.

De vuelta en el cuartel -y antes de iniciar el interrogatorio- llamó por teléfono a su jefe y le informó, con lujo de detalles, de todo lo acontecido. Recibió, por cierto, una reprimenda por no haber comunicado oportunamente los antecedentes de que disponía y haber corrido con colores propios. Después de todo al Mayor Comisario también le hubiese gustado llenarse de gloria con el procedimiento, ya que era el único caso en Chile en que los terroristas fueron sorprendidos in fraganti. Pero ya todo había pasado y había que dar cuenta del hecho a la Jefatura Superior.

- ¡Meneses!, Llama el Capitán González.
- ¡Ordene mi Capitán!
- Tráigame al jefe de los detenidos, vamos a comenzar el interrogatorio y quiero que usted me coopere.

A los 30 segundos apareció el Sargento con el detenido que hacía las veces de jefe. Era un hombre de aproximadamente unos 45 años, estatura y contextura media, tez blanca, pelo negro peinado con gomina y de facciones medianamente distinguidas. Por cierto que no tenía aspecto alguno de terrorista, sin embargo el Capitán no se dejaba impresionar por la apariencia física de las personas, ni menos en este caso en que el individuo había luchado con fiereza.


Comienza el interrogatorio:

- ¿Cuál es su nombre?
- Andrés Sánchez Albornoz
- Edad
- 42 años
- Estado civil
- Casado
- Domicilio"
- Los Almendros Nº 1240 Ñuñoa, Santiago
- Profesión
- Contador Auditor
- ¿Cuál es su chapa? El Capitán le hablaba en el lenguaje propio de los terroristas
- No tengo chapa, ni alias, ni apodo alguno, que yo sepa
- ¿A qué movimiento subversivo pertenece?
- A ninguno.

El Sargento Meneses había permanecido en silencio observando y escuchando el interrogatorio que realizaba su jefe y, como notara que el detenido contestaba con cierta altanería y demasiada seguridad en si mismo, decidió pedir permiso para hacer algunas preguntas, autorización que, por supuesto, le fue concedida.

- Si no pertenece a ningún movimiento, ni tiene chapa ni apodo ¿Quiere decir que asalta bancos a beneficio personal?
- No, fue la escueta respuesta del detenido.
- ¿A qué se dedica usted, cuando no está asaltando bancos?
- Me dedico a la auditoria de bancos
- ¿¿¿Qué???
- Si señor, trabajo en la casa central del banco donde ustedes me detuvieron y mi función es auditar las sucursales del banco a lo largo de todo Chile
- ¿Y quienes son los individuos que le acompañan?
- ¡Quienes van a ser! También son funcionarios del banco que forman parte de mi equipo de revisores
- Y... ¿usted puede demostrar lo que está diciendo?
- ¡Por supuesto que puedo! Si usted saca mi billetera, que la tengo en el bolsillo interior de mi vestón y que yo no puedo sacar porque me tienen esposado, encontrará un carné que me identifica como auditor del banco

El Capitán y el Sargento, estaban blancos como el papel... y casi esperando se produjera un milagro; el Sargento le sacó la billetera y, efectivamente, encontró el carné que lo identificaba como auditor del banco.

- Euh... Meneses, balbuceó el Capitán, retírele las esposas a este caballero y traiga una escobilla de ropa para que sacuda su traje. Y agregó: hemos cometido el más grande error de la historia policial de Carabineros de Chile. Yo voy a pasar a la historia como el chambón más notable. Seré el hazmerreír de toda la Institución. Me indicarán con el dedo acusador. Nunca más me darán mando independiente. Nadie creerá lo que yo diga ¡Se da cuenta Meneses! Creo que no me queda más solución que pedir la baja de la Institución.

El Capitán estaba a punto de lanzar el llanto. Ahora a él le temblaba la barbilla y le sudaban frías las manos ¿Qué explicación iba a dar?

El auditor Sánchez observaba esta escena con absoluto estoicismo, mientras sacudía su traje con la escobilla que le había proporcionado el Sargento. Y a pesar de haber sido maltratado y denostado, se decidió a hablar.

- Escúcheme Capitán -y perdone mi forma de expresarme- pero aquí estamos cagados los dos: usted y yo. Yo, por haber hablado lo que no debía en el lugar menos adecuado y este comentario mío estuvo tan mal que ¡vea usted lo que ocasionó! Y usted, por haber actuado en forma irracional sin hacer ninguna averiguación suplementaria. Creo que lo que más nos conviene a todos es hacer borrón y cuenta nueva: Aquí no ha pasado nada. Si está de acuerdo conmigo deme su mano como si hubiésemos sido amigos, dijo estirando la suya abierta, con firmeza y genuina intención de sellar un pacto de honor.

El Capitán González no podía creer lo que este señor le pedía y, por supuesto, que no sólo le dio la mano sino también un abrazo de agradecimiento. Después de esto, en su propio auto los fue a dejar al banco donde se narró lo sucedido y se inició el trabajo de auditoria en forma normal.

Cinco minutos después, el Capitán llamó a su jefe pidiéndole que no enviara la comunicación al Alto Mando, por las razones que hemos narrado, lo que felizmente se logró evitar.

Esa noche a las 22,00 horas, como de costumbre, el Capitán González cenó… en compañía del Agente del Banco y de los auditores de Santiago.

Sobre lo sucedido, no se habló ni una sola palabra.


original del CuentaCuentos


viernes, 28 de septiembre de 2007

Significados

- "Dime una palabra"
- "Pre-Car-Toco"
- "Eso no es una palabra, son 3 y no existen! busca en el diccionario si quieres"
- "Si existe y es una sola: una palabra gorda, llena de significados, aun si no significa nada para muchos..."


Precartoco. Para nosotros, "los de entonces", significa todo. El vínculo que no se rompe, el recuerdo que azucara el té de invierno, el descubrimiento del mundo con los ojos húmedos de emoción.

Precartoco. Nos vamos, partimos. La aventura a las tierras desconocidas del peladero deshidratado con los sueños a cuestas, con los chiquillos a cuesta, con el miedo mordido y ahogado, pa' que nadie lo vea, porque no sirve para emprender, porque no sirve para marcar la huella, porque no sirve para ser hombre.

Porque cada día es un nuevo camino, una nueva posibilidad de hacer de nosotros mismos la mejor versión que nos sea posible.

En el nombre sea de Dios.