lunes, 10 de marzo de 2008

El misterio del fantasma melómano


La semana pasada pasó algo increíble. Tan increíble, que recién ayer me desocupé de contarlo a mis amigas.

Venía llegando de la escuela, muerta de hambre e imaginando el pan con queso que iba a devorar de entradita, cuando vi. que había tremendo escándalo en la puerta de mi casa. Estaba mi abue afuera, aleteando como una gallina clueca (supongo, porque nunca he visto una gallina en vivo y no sé que significa “clueca”) y diciéndole a la vecina algo sobre un melo-noséque que había en el living de mi casa.

Yo preferí darme la vuelta y entrar por el patio de atrás, porque no me gusta cuando la gente está así toda sulfurada y gesticuladora, además la vecina me cae pésima y no tenía ganas de estar poniendo cara de niña simpática. Y además seguro se ponía a preguntarme como me ha ido en el colegio y si por fin ya tengo pololo y puras tonteras que me cargan y que me dan rabia y de puro imaginarlo ya me enojé y cuando me enojo me da hambre y como ya venía con hambre, fue peor, se multiplicó por millón.

Entonces entré a la cocina y mientras hurgueteaba buscando pan, escuché que mi abue y la vecina entraban haciendo mucho ruido y cerrando y abriendo todas las puertas y ventanas muchas veces. Todo me parecía tan raro, pero eso no era nada al lado de lo que mis oídos iban a escuchar en los siguientes minutos.

- “no le hemos dicho a los niños para que no se asusten”, dijo mi abue como con hipo y siguió –“pero esto viene pasando desde la semana pasada y es todos los días a la misma hora”.
- “pero ¿llamaron a carabineros?” dijo la señora Carmen –la vecina, intrusa además de pesada-
- “no, todavía no, es que no sabemos bien si habrá que llamarlos a ellos, a los bomberos o al padre Manuel mejor”

Yo escuchaba este diálogo sin sentido y no llegaba a imaginarme qué cosa sería tan grave y tan confusa a la vez, como para que no supieran qué hacer.

-“mi hija me dijo que si hoy se repite esta cuestión le va a decir no más a mi yerno para que él vea cómo lo solucionamos y para que nos proteja, porque uno nunca sabe las cosas que los fantasmas pueden hacer…”

¡¡FANTASMAS!! Dios mío, ¿fantasmas? No podía creer lo que acababa de oír. No sabía si ponerme contenta o si arrancar del susto.

Me di cuenta que al poco rato ya no escuchaba más la conversación de mi abuela con la señora Carmen, sino sólo mis latidos cardíacos, tan intensos que parecía que me iban a reventar el pecho. Se me olvidó el pan con queso (bueno, alcancé a comerme la mitad) y salí como bólido a buscar a mi hermana para preguntarle si sabía algo al respecto.

Con el corazón latiendo a mil y la boca seca después de tanto correr, llegué a la tienda donde trabaja mi hermana mayor (ella es muy adulta ya, tiene 17 y está juntando plata para irse de vacaciones con unas amigas), pero estaba lleno de clientes y cuando está así de ocupada no me da bola. Yo me paré detrás de una señora llena de bolsas y me hice pasar por clienta desordenando el estante de los sweater como si buscara algo, pero ella me miró con cara de “deja de jugar aquí o si no me voy a enojar” y no pude acercarme lo suficiente para preguntarle acerca del misterio terrorífico que acechaba nuestra casa.

Decepcionada, aun nerviosa y con taquicardia, decidí que no sacaba nada con desesperarme y me fui a tomar un helado para hacer hora hasta que mi hermana saliera del trabajo o mi mamá regresara a la casa. Esperar al papá ni pensarlo, porque él llega de noche y muy cansado y la noche seguramente es el horario en que el fantasma ataca… aunque no tengo la seguridad, porque no me quedé escuchando el resto de la conversación de mi abuela.

Después de dos helados y una coca cola –tenía tanta hambre que valió la pena gastarme toda la plata que me quedaba para la semana- me devolví a la casa esperando que la mamá ya hubiera regresado.

En el camino me fui pensando en el fantasma: ¿será hombre o mujer? ¿Será niño o adulto? ¿Estará enojado, triste o aburrido? ¿Querrá que abandonemos la casa o quiere hacerse amigo de nosotros? ¿Hace cuantos años se habrá muerto? ¿Tendrá familia viva y a lo mejor quiere contactarse con ellos? ¿Desde cuando vive en la casa?... Uffff! Tenía la cabeza llena de preguntas inolvidables y urgentes y las manos pegoteadas de helado de piña.

Llegué a la casa casi oscuro y tengo que confesar que me dio susto desde una cuadra antes. Caminé lo más silenciosamente que pude, tratando de recordar mis lecciones de karate de cuando era chica –en verdad lo hice creyéndome ninja- y para estar en la posición de ventaja en caso de encontrarme con algo inesperado: tenía que manejar yo el factor sorpresa.

Me imaginaba que afuera de mi casa quizás estaría lleno de carros de bomberos, o de policías de fuerzas especiales o tal vez una congregación completa de curas tratando de exorcizar mi living y aliviar el vagabundeo del alma en pena que nos tenía de caseros. Escuché una vez de un fantasma pirómano que se lo pasaba armando incendios en la casa donde penaba, hasta que un día hizo su gracia a una hora que no había nadie y el fuego se extendió muy rápido por todas partes y la casita se quemó entera. Yo espero que el de mi casa no sea maniático de algo y si lo es, que se busque algo original como llenar los maceteros con dulces o hacer mi cama todos los días. Pero, claro, supongo que existe alguna especie de “código del buen fantasma” que los obliga a hacer cosas que asusten y sea peligrosas como botar crucifijos, tocar el piano, dejar a la gente encerrada con llave, etc. (pensándolo bien, esas mismas cosas hacen mis primos chicos cuando vienen y no son nada de fantasmas, aunque sí bastante odiosos).

Después de hacerme la película completa, no me quedaba más que enfrentar la realidad: a 5 metros de mí, la puerta de entrada a mi casa. Nadie con cara de bombero/carabinero/exorcista en los alrededores. A lo lejos el ruido molestoso de los autos y los bocinazos, por la hora del taco y cerquita, sólo el maullido del Félix, el gato-quiltro angora de la vecina (gato pesado, intruso y rabioso, igual que la dueña).

Cada uno de los 8 pasos que me separaban de la puerta los di muy lento, como si un pie tuviera que pedirle permiso al otro para avanzar, tratando de olvidarme de los ruidos molestosos y concentrándome en los silencios, en busca de algún grito desgarrador o crujido de puertas o tintinear de cadenas arrastradas. Al menos quería escuchar algún “buuuuuu”, para saber que se trataba del fantasma, pero no había nada de nada. Rotundo silencio fantasmagórico, aunque el barrio, como ya dije, estaba bastante ruidoso a esa hora.

Miré todo con detención tratando de encontrar algún detalle que me sirviera de pista para identificar al fantasma, pero como ya era tarde, se puso oscuro lueguito y me ganó el susto. Total -pensé yo- si hay huellas estarán igual mañana y si estas desaparecen, ya se encargará el fantasma de dejar otras nuevas; y con ese pensamiento tan razonable me consolé de mi miedosidad y me sentí feliz de pensar como una adulta.

Finalmente entré a mi casa.

En el comedor estaban mi mamá, mi papá y mi abuela tomando once, lo que me recordó que yo tenía mucha hambre y que me había gastado la plata del resto de la semana en dos helados y una coca- cola. Pensé en pedirle al papá un adelanto de mesada, pero se me olvidó cuando me di cuenta que estaban hablando del fantasma. Entonces me apuré en sentarme para escucharlo todo, esta vez en la versión de la mamá.

La mamá empezó bien agitada a decir que esto no podía ser y que ella ya estaba asustándose y que no sé quien en su trabajo le había dicho que a los fantasmas se les espanta diciéndoles groserías, entonces ella se había pasado 2 horas echando garabatos al aire el sábado y aun así a las 18 hrs. el dichoso fantasma había venido y se había puesto a escuchar música, los 5 minutos de rigor. La abuela asentía con la cabeza y trataba de opinar, pero mi mamá estaba tan exaltada que no le dejaba espacio.

En eso mi papá se chorió y le dijo que se calmara, que no estaba entendiendo nada y que empezara de nuevo desde cero.

Así fue como me enteré de la definitiva historia del fantasma melómano.
Resulta, Gordito, que desde hace como 10 días, todas las tardes a las 6, poquito rato después que yo llego del trabajo, el equipo de música del living se enciende solo! Se escucha clarito el “click” de cuando uno lo enciende y luego el ruidito de la perilla del volumen, que se sube sola y se pone a sonar como por 5 minutos a todo chancho!

Mi papá se quedó callado 30 segundos y empezó a preguntar:

Te has fijado donde está el control remoto cuando eso pasa?
Sí, los 2 primeros días vi. que estaba al lado del equipo, pero para asegurarme, me lo llevé a la pieza y lo tengo adentro del velador.

Estas segura que no lo han tomado los niños y te están haciendo una broma?
Segura, pues! Si te digo que lo guardé en el velador y ya sabes que nadie se mete en mis cosas.

Revisaste si está programado con alarma para encenderse a las 18hrs durante 5 minutos?

Si, gordo (ya no le decía en diminutivo, entonces yo noté que estaba empezando a aburrirse de las preguntas del papá), obviamente que revisé eso, que crees que soy lesa? No está programado! Acuérdate que se echó a perder para tu cumpleaños cuando vino tu prima con esos demonios que tiene de hijos, que se pusieron a jugar con el equipo.

Me quieres decir entonces que después de revisar absolutamente todo lo que pudiese, de alguna forma, ser causal de encendido, no hay nada que lo justifique.

Absolutamente nada. Contesta la mamá . Te aseguro, además que he sido extremadamente prolija en chequear cada una de las situaciones reales y posibles causantes del hecho y todo se repite a diario misteriosamente. ¿No crees que sería oportuno llamar al curita para que, por lo menos, nos bendiga la casa y además nos enseñe como reaccionar frente a este problema?

Mi papa adoptando una actitud de suficiencia muy típica de el y –pareciera que- sintiéndose en un nivel superior dominador de la situación dijo: Por el momento no hagas nada. Déjame a mi manejar este asunto. Yo me arreglaré con el fantasma y después de la entrevista que tengamos, te aseguro que no molestara más.

La abue, mi mama y yo, nos miramos incrédulas. Nos sorprendió mi papa con su respuesta tan terrenal para un problema que, de terrenal, no tenia nada, pero como él siempre se ha creído poseedor de la razón, ninguna de nosotras nos atrevimos a hacer comentario alguno.

Ya veras, agrego mi papá, que mañana el fantasma habrá desaparecido para siempre y todo volverá a la normalidad.

Felizmente había tomado once y el hambre –por cierto- había desaparecido. Igual, a pesar de la promesa de mi papa de manejar la situación, yo no pude concentrarme en las tareas ni los estudios. El fantasma me llenaba todo el tiempo. Aparecía en mi mente y me hacia divagar sobre mil y una situación que pudiese suceder, desde muertes por infartos cardiacos debido al susto, hasta simples temores por buuues de improviso o bien sombras de aspecto tenebroso que se movían de un lado a otro sin sentido alguno. Después me costó una eternidad quedarme dormida, ya que no pensaba solo en mi sino también en mi abue y mi mama que –seguramente- estaban igual que yo llenas de incertidumbres por el problema tan atípico que nos tocaba enfrentar y al que, además, mi papa no le daba importancia alguna. Desperté un par de veces con deseos de ir al baño pero no me atreví a levantarme por temor a encontrarme a solas con el fantasma, corriendo –quien sabe- que peligros. Preferí correr el riesgo de hacerme pipi en la cama antes que levantarme. Por suerte no paso nada y la mañana –que se demoró en llegar- lo hizo sin que se hubiese registrado problema alguno. Claro que todos sabíamos que el fantasma aparecía alrededor de las 6 de la tarde y que antes de eso no daba señales de vida. Por cierto-también-que este conocimiento a uno no le quita el miedo ya que se piensa que los fantasmas son impredecibles y pueden cambiar sus hábitos en cualquier momento y aparecerse a deshoras.

Ya en la escuela, les conté a mis amigas más cercanas el terrible problema que nos aquejaba. En todos los recreos hablamos solo de este tema. Me aconsejaron mucho sobre como debía comportarme e incluso una de ellas-Marisol- dijo que estaba de acuerdo con mi mama en el sentido que había que decirles groserías para que dejaran de molestar; pero otra-Gloria- dijo que no era conveniente porque el fantasma podía ser solo un niño juguetón y travieso (lo que se podía presumir por el tipo de aparición que hacia) y en esos términos era contraproducente tratarlo groseramente. La verdad es que, después de clases, me fui a la casa sin saber a que atenerme. Todo era pura confusión y caos.

Ya en la casa, miraba a mi abue que aparentemente se hacia la desentendida del problema que se nos venia encima. Los minutos pasaban rápido antes que llegara mi mama, pero una vez que llegó, el reloj parecía no avanzar. El nerviosismo en nosotras era evidente. Nos mirábamos en silencio sin atrevernos a hablar por temor a no escuchar el momento en que apareciera el fantasma. El aire era espeso y hacia la respiración difícil. Las manos sudaban y temblaban ligeramente. Los ojos secos por falta de parpadeo (el hacerlo ya era una distracción que había que evitar.). El cuerpo aumentando la tensión a medida que se acercaba la hora del fantasma.

Mi mama, cada treinta segundos miraba el reloj. A ratos le daba unos golpecitos porque le parecía que el reloj se había detenido. El equipo de música no sonaba….todo estaba en calma y silencio. Llegó la hora. La mama lo dijo:”estamos en el momento preciso”. Mi abue y yo nos abrazamos y juntas aunque en silencio rezábamos para darnos valor. Mi mama, parece que también en silencio, decía las groserías más grandes que se le ocurrían e incluso inventaba algunas más grandes aun.

La hora pasó y el fantasma no apareció.

Estábamos sorprendidas, aunque no carentes de temor porque podía ser que el fantasma nos hubiera hecho una mala jugada y apareciera en cualquier momento.

Al poco rato volvió del trabajo mi papa y como ni se acordara del tema mi mama le hizo recordarse y le contó que el fantasma no había aparecido ese día.
¡Ah! Dijo mi papa. Yo les dije que me iba a entrevistar con él y que después de la entrevista no aparecería más. Y así ha sido.

Gordito…dice la mama…por que no cuentas que hiciste para que el equipo de música no sonara mas, porque te noté tan confiado, que ibas a solucionar el problema, que-ahora pienso- descubriste ayer lo que pasaba y eso te dio la tranquilidad suficiente hasta hoy día.

Efectivamente. Lo que sucedía, era lo siguiente: el equipo de música se encuentra ubicado frente a una ventana que da hacia el poniente, de modo que el sol entra y le da al equipo alrededor de las 6 de la tarde. Como la ventana tiene persiana, proyecta luz y sombra a medida que pasa por cada lámina de la persiana. Cuando la luz cae en el ojo que tiene el equipo para el encendido del control remoto (que funciona con luz ultravioleta) el equipo se enciende y permanece encendido mientras pasa la sombra. Al pasar nuevamente la luz (producto del movimiento solar hacia el ocaso) el equipo se apaga.

Lo que yo hice, fue cerrar la persiana de modo que no le de el sol al equipo, así éste no se encendió y por supuesto desapareció el fantasma.

Mi hermana, que vivía su propio mundo y que normalmente no participaba de las conversaciones familiares, parece que nunca se enteró de la situación que nos afligía o si lo llegó a saber, se hizo la desentendida.

Mis amigas quedaron sorprendidas del tratamiento que mi papa le dio al fantasma, pues nunca habían escuchado que los fantasmas desaparecían cuando se cerraban las persianas.


Original de:

Pilar Andrea
Y
Antonio Sandoval


domingo, 24 de febrero de 2008

TODO UN SUEÑO


-¡Comandante ¡ La próxima semana se va a hacer el tiempo necesario para que inspeccione los Destacamentos de la frontera. Hay que cumplir la pauta de inspecciones y yo, lamentablemente, no dispongo del tiempo para hacerlo personalmente.

Presénteme una planificación en la que me indique, con claridad, los días, Destacamentos que visitará, medios que necesita, personal que requiere y viáticos.

Esto último, solo en caso de ser estrictamente necesario, pues usted sabe que los recursos que disponemos para ello son muy escasos y yo los necesito para concurrir a las reuniones de Prefectos en la Jefatura de Zona.

-¡A su orden mi Coronel ¡ Mañana, sin falta, tendrá en su oficina la planificación en los términos ordenados.

Al Comandante Martínez le encantaba el trabajo en terreno. Por él, hubiese pasado su vida en actividades al aire libre, compartiendo la función policial con sus subalternos, dirigiendo operativos, solucionando .problemas comunitarios, reuniéndose con las Juntas de Vecinos, clubes deportivos y sociales, etc. etc. La oficina lo ahogaba, le quitaba la vitalidad, lo amodorraba, lo entumecía, en fin, no era para él un trabajo que lo mantuviera inmóvil.

La cara le cambió, su ánimo ya no estaba decaído, incluso comenzó a silbar despacito alguna de las tantas marchas que conocía y que tanto le gustaban.
La planificación estuvo lista en un par de horas, habiéndose tomado, incluso, el tiempo para consultar a los subalternos que lo acompañarían, por si alguno tuviese inconvenientes. Por lo demás necesitaba sólo tres funcionarios: el Sargento Garrido, que era chofer-mecánico y conocía el altiplano de la Provincia El Loa como la palma de su mano; el Cabo Morales, que era Marenga, (Mariscal enfermero de ganado) algo así como paramédico animal y el Cabo Pérez, armero.

Todos felices de acompañar a su Comandante en esta travesía por la frontera Chileno-Boliviana.

Siempre era bueno salir de entre “las patas de los caballos” que era la función policial y pasar unos días en una actividad distinta y entretenida, más aún cuando era sabido que invariablemente ocurría algún hecho fuera de lo corriente que hacía del viaje una aventura que sería comentada entre sus compañeros de trabajo por varias semanas.

El Lunes 5 a las 07,00 horas, saliendo del cuartel, de modo que los quiero aquí a las 06,30 horas les ordenaba el Comandante.

Debemos salir antes de que llegue mi Coronel ya que en caso contrario nos comienza a dar instrucciones como si fuésemos chiporros ( Carabineros recién contratados) se explayaba el Comandante con una actitud que demostraba un trato familiar con los subalternos que lo acompañarían. Talvez porque no era la primera vez que salían juntos en inspecciones similares, usaba esta forma apaisanada.

Y continuaba: Yo quiero que usted Garrido, se ponga de acuerdo con Morales y Pérez y analicen bien lo que necesitamos para el viaje, de modo que no nos falte nada. Usted sabe que después no hay donde apertrecharse de nada y no hay forma de volver hasta que no terminemos nuestra misión. Así entonces dejen todo listo el Domingo en la tarde para que no perdamos tiempo el Lunes y salgamos a la hora programada.

-¡A su orden mi Comandante!

Los ojos les brillaban de ansiedad a los funcionarios y desde ese momento comenzaron a contar las horas que les faltarían para iniciar el viaje.

El resto de los funcionarios, los miraban con una cierta envidia. Cualquiera de ellos hubiese querido partir en esta aventura tan entretenida y además salir, por algunos días de la vista del jefe directo- Mayor Pinto- que siempre está corrigiendo y llamando la atención por detalles carentes de toda importancia. Pero así son las cosas:”la suerte de uno no es de otro”.

Como es costumbre y obligación en carabineros, las órdenes se dan para ser cumplidas, por lo que el Lunes 5 a las 06,30 horas ya se encontraban en el cuartel los tres funcionarios que acompañarían al Comandante Martínez en esta misión.

Revisaban y repasaban acuciosamente la lista de pertrechos que necesitaban, a objeto no hubiese nada que lamentar mas adelante: combustible suficiente, herraduras para el ganado, material para aseo de armamento, dos ruedas de repuesto, aceite, agua y un sinnúmero de otros elementos y artefactos.
Cinco minutos después llegó el Comandante y toda la revisión comenzó de nuevo. El, personalmente, tenía que comprobar que todo estaba en orden, mal que mal era el responsable de la misión.

El Sargento Garrido lo observaba con actitud de suficiencia, como queriendo demostrar que todo estaba en orden porque él lo había organizado y efectivamente así era. Todo en su lugar, sin faltar ni sobrar nada, por eso que al terminar la revisión del Comandante y después de haber dado su aprobación, se atrevió a bromear diciendo: Se fija mi Comandante, donde el Sargento Garrido mete las manos, las cosas salen a la perfección y si Garrido no está, seguro que tenemos problemas. Por algo tengo más grados que el aguardiente.

-Sí Garrido, eso salió en el Mercurio, le replicó el Comandante siguiendo la broma. Pero punto aparte, embarquemos y partamos, ya son cinco para las siete.

Primer destino, Ollagüe, límite norte de nuestro sector jurisdiccional, en la frontera con Bolivia. Por allí pasa el tren que sale desde Calama al pueblo de Abaroa en Bolivia.

El camino, como todos los caminos del desierto es polvoriento e interminable, con culebreos sin sentido y rectas que parecen tiradas con regla. Ni una hebra de pasto, ni un animal, ni un insecto. Solo tierra y piedras en lomajes y cerros que parecen todos iguales, calcados.

Al principio, la conversación era ágil y entretenida, pasando de un tema a otro y haciendo recuerdos de anécdotas propias y ajenas, por supuesto todas relacionadas con el trabajo; pero a medida que el tiempo pasaba, los relatos se hacían mas y mas lejanos hasta llegar a no hablar, donde solo el ronronear del motor de la doble cabina interrumpía el brutal silencio del desierto.

La monotonía del desierto calaba profundo en el comportamiento de los pasajeros de la doble cabina o 4 x 4 como nombraban la camioneta. Sólo el Sargento Garrido se mantenía con los sentidos puestos en los vericuetos y sinuosidades del camino.

Contribuía también a la modorra la falta de oxígeno que, a medida que se subía, se hacía más notoria, además que los conocedores del altiplano aconsejan la menor actividad física posible ya que es muy fácil sufrir insoportables dolores de cabeza y hemorragias nasales intensas a causa de la disminución de la presión atmosférica. Es lo llamado puna.
Después de pasar por el Retén Ascotán a 4.100 mts. sobre el nivel del mar, comenzamos a bajar hacia el poblado de Ollagüe ubicado en el límite mismo con Bolivia.

El Capitán, Jefe de la Subcomisaría Ollagüe, tenía conocimiento que sería inspeccionado, por lo que la Guardia ,estaba dispuesta para rendir los honores correspondientes para estas ocasiones.

¡La vista a la derecha a mi Comandante ¡
¡¡¡ Atención…vista a la de..re !!!

Como un latigazo se volvieron simultáneas las cabezas de los funcionarios en formación, llevando la vista al Comandante que, recibidos los honores, saludó con voz potente y clara.

¡Buenos días Guardia!

¡Buenos días mi Comandante! Contestó la Guardia en coro.

El Comandante Martínez con el pecho pletórico de emoción y sintiendo que el corazón le latía hasta la garganta, ingresó al Cuartel para iniciar la inspección.

Por lo menos, la primera parte, la de los honores, había sido perfecta. Las órdenes bien dadas y ejecutadas. La presentación personal de los funcionarios, impecable. Pelo bien cortado, botas brillantes, terciado con hebillas pulidas, pantalones planchados a la perfección, en fin, todo como idealmente debe ser.

Se sentía orgulloso el Comandante Martínez de ver a sus Carabineros tan bien presentados como los que hacían guardia en La Moneda, en circunstancias que se encontraban en las soledades del altiplano.

La inspección estuvo buena. Uno que otro detalle sin mayor importancia, fue corregido de inmediato.

Sus acompañantes igualmente cumplieron con sus obligaciones sin inconveniente alguno y por supuesto informaron a su Jefe.

-¡Ganado en buenas condiciones sanitarias y debidamente herrado mi Comandante!

-¡Armamento operativo, limpio y bien mantenido, munición en buenas condiciones y bien almacenada, mi Comandante!

Llegó la hora de partir.
Al Comandante Martínez le venían recuerdos de su juventud, cuando él fue también Jefe de Tenencia o Subcomisario independiente. ¡Qué tiempos aquellos!. ¡Cómo pudieron pasar tan raudamente! ¡Qué época más linda!

En el pueblo chico era autoridad y se sentía autoridad, pues no solo era cosa de serlo, había que sentirse y comportarse como tal. Nunca olvidó que su padre un día le dijo: La mujer del César….”.

Concentrado en estos recuerdos que le provocaban una cierta melancolía, no sintió el viaje hacia su próximo destino: El Retén Inacaliri.

Este era un Cuartel que se encontraba en medio del altiplano, donde no había nada en 200 kms. a la redonda. ¡ Qué salvaje, vivir en esta soledad tan espantosa ! . Sin embargo los funcionarios estaban acostumbrados y no renegaban de su destino. Incluso había algunos que habían servido por tanto tiempo en la frontera, que no querían salir de ella.

El Jefe de Retén, Sargento Primero Hinostroza, era un hombre fogueado en su trabajo, canchero y seguro de sí mismo, de modo que la presencia del Comandante no le produjo nerviosismo alguno, más aún cuando él siempre mantenía su Cuartel y documentación en condiciones de ser inspeccionada. Ni siquiera ordenó hacer aseos extraordinarios ya que éstos se realizaban a diario y prolijamente.

Toda la inspección pasó como por un tubo. No hubo nada que objetar al funcionamiento de ese Destacamento…hasta que el Marenga informa:”

-Mi Comandante…hay una mula demasiado gorda y el personal me informa que está así porque no la montan por ser indócil.

-¡¡¡ Indócil!!! ¿Quien dijo tamaña barbaridad?

-Efectivamente mi Comandante, intervino el Jefe de Retén, hemos tratado muchas veces de montarla y resulta imposible dominar a esta bestia. Incluso yo informé por escrito a mi jefatura sobre esta situación, pidiendo que me cambiaran esta mula porque no me sirve.

El Comandante Martínez era tozudo y orgulloso, además que le gustaba lucirse ante sus subalternos, de manera que encontró en este hecho la oportunidad de demostrar quien era verdaderamente él.

-Muy bien pues, yo les voy a enseñar cómo se doma este animalito. Han de saber ustedes que yo soy “maestro de equitación”, de modo que esta bestia, como la llaman, va a quedar transformada en una oveja.

-¡¡¡ Jefe de Retén!!! Ordene que me ensillen el animalito.

-A su orden mi Comandante. ¡Cabo Sánchez, pídale cooperación al Marenga y ensillen la mula! y con cierta ironía….Mi Comandante nos va a dar una lección de domadura.

El Cabo Sánchez se dirigió a las caballerizas con el Marenga, a cumplir la orden, al momento que comentaban: Mi Comandante no sabe en el forrito que se está metiendo, si a esta diabla no ha habido quien le aguante ni 30 segundos en el lomo y después la puta madre tira patadas como contratada. Es peligroso lo que mi Comandante quiere hacer pero…él sabrá. Es grandecito ya, como para darle consejos, más aún cuando se las mandó que era maestro de equitación. Parece que no sabe distinguir entre una mula y un caballo.

Pusieron un saco en la cabeza de la mula para taparle los ojos, ya que es sabido que con los ojos tapados los equinos se quedan tranquilitos y comenzaron a ensillarla con mucha delicadeza para que ésta no se pusiera nerviosa antes de tiempo.

Mientras tanto el Comandante hacía recuerdos de sus tiempos de Teniente, cuando amansó un potro árabe que nadie había podido con él. Se jactaba de tener piernas firmes para aguantarle cualquier corcovo a la mulita gorda.

Sacaron la mula de la pesebrera, siempre con la cabeza tapada y la pusieron en una explanada bastante amplia para que hubiese el mínimo peligro cuando comenzara la fiesta.

Todos estaban expectantes. Algunos incluso preocupados de lo que pudiera pasar.

-Lista la mula mi Comandante, dijo el Cabo Sánchez cuadrándose ante el Jefe.
-Bien pues muchachos, aquí vamos a ver quien manda, si la bestia o el hombre, expresó el Comandante al momento que se dirigió decididamente al lugar en que se encontraba el animal.

Sin destaparle la cabeza, el Comandante montó la mula.

Se acomodó, afirmó bien las bridas, apretó las piernas con todas su fuerzas (que no eran pocas) y ordenó con firmeza: ¡¡¡ Sáquenle el saco de la cabeza!!!

Sacaron el saco y arrancaron rápidamente para evita las patadas que seguramente comenzarían a ser lanzadas por la mula en todas direcciones.

No pasó nada. La mula se encogió como gibando el lomo y ahí se quedó quietecita.

Ante esta pasividad, el Comandante sacó un coraje a toda prueba y abriendo las piernas las dejó caer en los ijares de la mula con todas su fuerzas…..

¿¿¿¿¿ QUE TE PASA VIEJO ????? . Con tus piernas apretaste las mías tan fuerte que me despertaste y después comenzaste a pegarme. ¿Qué es lo que estabas soñando?
¡¡¡¡ Ja ja ja ja……..!!!! Ay vieja, estaba domando una mula….mejor mañana te cuento el sueño. Fue …..MARAVILLOSO.

El Comandante Martínez, hacía ya dos años que se había retirado de Carabineros.



Original de
ANTONIO SANDOVAL LENA




domingo, 10 de febrero de 2008

Los Muertos Hablantes

Era aproximadamente la una de la mañana de una fría noche de invierno en San Fernando y caía una suave y persistente lluvia, interrumpida a ratos por fuertes nubadas, que ya se había prolongado por tres días con sus respectivas noches. En las calles desiertas no se veía ni una alma.

Los habituales amantes de la noche se habían recogido temprano, empujados por la lluvia y un viento suave que calaba hasta los huesos. Los negocios habían cerrado sus puertas por carecer de los parroquianos que noche a noche se juntaban en una partida de dominó, cacho o brisca, entretenciones de salón predilectas en la zona.

La excepción eran tres o cuatro prostíbulos, cuyas regentes, demasiado optimistas ,no perdían las esperanzas de recibir algún cliente solitario en busca de compañía para acortar la noche o para pasar el frío junto a una mujer siempre dispuesta a entregar su calor y su amor, a cambio de unos pocos pesos.

Las meretrices con sus minifaldas que difícilmente les tapaban el rabo y unos escotes que dejaban al descubierto sus espaldas y gran parte de sus senos, se aglomeraban junto a una chimenea o alrededor de un humilde brasero, donde hacían avanzar la noche con recuerdos de tiempos mejores o de amores que les habían dejado huellas.

Algunas habían juntado entre todas unos pesos con los que habían comprado un kilito de yerba mate y calentaban las tripas quemándose los labios con una bombilla de lata ordinaria, al tomar esta exquisita infusión. Eso, siempre era mejor que nada, mientras llegara el cliente que les invitara una típica malta con cacao o mejor aún, una ponchera.

Debe haber sido una media hora después de la mencionada, cuando llegó a uno de estos locales, en una ronda de rutina, la pareja de Carabineros compuesta por el Sargento Segundo Carlos Vargas y el Carabinero Sergio Huerta. Venían yertos de frío, aunque bien protegidos por una manta de agua que les cubría hasta las rodillas y que estilaba copiosamente. Por supuesto que su recorrido era de infantería ya que en el Cuartel sólo había un furgón que se mantenía para las emergencias y como no había equipos de radio, no podía salir sino en casos de llamadas de extrema necesidad.

Como ocurre en todas las instituciones y empresas, la mayoría de sus integrantes tienen apodos que nacen generalmente de características físicas o de actitudes de las personas. Es así como al Sargento Segundo Vargas lo apodaban el Colorado por tener su piel este color y al Carabinero Huerta, el Chino, por razones que eran obvias al observar sus ojos.

- Buenos días, señoritas, saluda Vargas con cortesía.

- Buenos días mi Sargento, contestan las muchachas al unísono

- ¿Cómo han estado las cosas por aquí?

- Como ve pues mi Sargento, ni siquiera se ha asomado un cliente. Ustedes son las primeras visitas que tenemos.

- Es que hace muchísimo frío y en la calle no andan ni perros vagos.

- Atráquense un poquito p”acá, p”a que se calienten los pies, invita la “coja Lucha” regenta del local y agrega, si aquí ninguna de las chiquillas “piñisca”.

- A los “piñiscos” es lo único a lo que le tengo miedo, dice el Colorado al tiempo que le hace una seña al Chino y se acercan al brasero donde hervía una tetera que fácilmente hacía cinco litros de agua.

- Entonces hay que sentenciar a las chiquillas p”a que ni los toquen. ¿Se servirían algo p”al frío? ¿Un fuertecito?

- ¡No, no, no…no ve que estamos de servicio! Pero un matecito si que le aceptaría.

- Con mucho gusto pues, dice la Luchita y de inmediato ordena: ¡Marilúz, sírvele a mi Sargento, un mate bien cargao, p”a que caliente un poco el cuerpo y tú Silvana sírvele a mi Carabinero, que es tan re jovencito y viene entumido!

Mientras los funcionarios se tomaban el mate y conversaban con la Luchita y algunas niñas sobre cualquier tema sin importancia alguna, tres o cuatro muchachas hablaban a media voz sobre algo que parecía muy trascendente a juzgar por la preocupación que les causaba.

- Mi Sargento ¿Es verdad que si alguien pasa a caballo a las doce de la noche en punto por la cuesta Centinela, se le sube el diablo al anca disfrazado de cura? Consulta una de estas muchachas.

- ¿De dónde sacó esa historia?

- Un cliente me contó que a él le había sucedido y que el cura le había dicho “vengo por tu alma”, del puro susto le puso las espuelas hasta el pihuelo al pobre manco y lo sacó de la cuesta a todo galope al tiempo que le decía “yo soy cristiano, Satanás” y con los dedos le hacía la cruz. Al llegar abajo de la cuesta ya no tenía nadie al anca, pero por el sudor del caballo se notaba clarito que alguien había estado ahí. Dijo que para pasar el susto había pasado a un clandestino en el sector de Peñuelas a tomarse un trago y que otros parroquianos que había dijeron que a ellos también les había sucedido.

- La verdad es que yo he escuchado varias veces esa misma historia, así como dicen que en el camino a Lo Moscoso sale una chancha parida con seis chanchitos y todos sin cabeza incluida la chancha.

- Pero usted, mi Sargento ¿Cree en esas cosas o son inventos de la gente?

- Yo, no creo ni dejo de creer, pero p”a ser sincero tengo que decir que a lo único que le tengo miedo es a los espíritus y a los muertos. Con los vivos pónganme donde quieran y no voy a aflojar, pero con los que no se pueden agarrar, yo no juego. Así que no ando probando si estas cosas son verdades o mentiras, porque si me resulta verdad, capaz que me muera ahí mismo, porque uno no tiene cómo defenderse.

- Aquí mismo, en esta casa, dijo la Luchita, en la pieza del fondo, dicen que han visto acostada a la finada Luzmira. No ve que ella se mató en esa pieza por penas del corazón. Dicen, los que la han visto, que parece que está esperando a su amor que venga a acostarse a su lado y que se muestra enojada si alguien quiere entrar a la pieza.

- Si po” Luchita, si hasta las chiquillas recién llegadas que no conocen la historia dicen que la han visto y a usted le consta que no han querido dormir en esa pieza ni siquiera acompañadas, acota otra.

- Bueno, esa cuestión de las penaduras si que lo creo, dice el Colorado, porque en la Comisaría murió de una pulmonía fulminante un Carabinero jovencito y muchos lo han visto sacando cosas del roperillo que él tenía en vida y al otro día todo está como si nada hubiese pasado. Son muchos los que lo han visto de manera que no puede dudarse de todos.

La conversación se extendió por un buen rato durante el cual casi todos contaron experiencias propias y ajenas relacionadas con la muerte y penaduras, formándose un ambiente en el que todos estaban un poco asustados y prácticamente nadie se hubiese atrevido a ir a los baños que se encontraban en el fondo del local.

El Colorado, miró su reloj y calculando que hacía mucho rato que se encontraban en el lugar, mandó al Chino que concurriera hasta el paradero de taxis ubicado a dos cuadras de ahí y desde el teléfono de los taxistas llamara a la Comisaría consultando novedades.

- Al salir tápese la boca con el cuello de lana o encienda un cigarrillo, no vaya a ser cosa que lo pesque una corriente de aire y le quede la boca al lado de la oreja, le recomienda.

- A su orden mi Sargento, contesta sumisamente el Chino y sale a cumplir su cometido.

A los cinco minutos regresa corriendo y un poco alterado informando a su Jefe que hubo un accidente de tránsito en la carretera y que les están mandando el furgón para concurrir al lugar. Agregó que él dijo que se encontraban a una cuadra del lugar en que verdaderamente estaban, de modo que tenían que apurarse para llegar a ese lugar antes que el furgón.

Se despidió el Colorado Vargas, agradeció el mate y salió a tranco largo en dirección al lugar acordado para el encuentro con el furgón, que a los pocos minutos llegó al lugar.

- Pasó un caballero a avisar que hubo un accidente de tránsito en la carretera, poco antes de llegar al cruce de Tinguiririca, le informa al Colorado el chofer del furgón, Carabinero Morales. Por si se necesita yo traje una angarilla, agregó.

En el trayecto, el Colorado le comentaba a Morales: “Recién estábamos conversando de muertos, penaduras, apariciones del diablo y puras cosas por el estilo y ahora nos toca ir a un accidente donde probablemente nos vamos a encontrar con algún cadáver”. Como si hubiésemos estado preparando el ánimo para lo que venía. Espero que el Chinito no se me vaya a poner a llorar de tanto susto, no ve que el chiquillo es muy nuevo. Aquí es donde se aprende a ser paco.

Al llegar al lugar indicado, efectivamente encontraron un cadáver humano completamente destrozado. Lo más probable y lógico es que haya sido atropellado por un vehículo pesado que se dio a la fuga. En el sitio del suceso –investigado sin contar con ningún medio - no se encontró huella ni indicio alguno que pudiera dar aunque fuese una leve pista. Por lo demás la lluvia contribuía a lavar el pavimento y a hacer desaparecer los posibles rastros.

En realidad ninguno de los tres funcionarios estaba realizando con agrado su trabajo. Entre recelosos y temerosos ante la muerte y en un lugar con una oscuridad propia del campo en una noche borrascosa, donde hasta la luz de una luciérnaga encandila.

Grandes esfuerzos tuvieron que hacer los funcionarios para poner el cadáver sobre la angarilla, ya que era imposible levantarlo tomándolo de los brazos y piernas, por temor a que éstos se desprendieran del cuerpo. Una vez conseguido este objetivo, fue introducido en el calabozo (parte trasera) del furgón.

Por supuesto que el Chino se negó en forma rotunda a irse en la parte de atrás del furgón junto con el cadáver y el Colorado tuvo que llevarlo prácticamente sentado en su falda ya que la cabina tenía sólo dos asientos. Dijo que prefería que lo dejaran botado en la carretera antes de irse oscuro en el furgón al lado del cadáver, agregó que le había visto la cara al muerto y la tenía tan destrozada que parecía película de terror.

Una vez en la Comisaría, el Suboficial de Guardia debía confeccionar el Oficio Remisor del Cadáver a la Morgue, donde se deja constancia de las características del cadáver (nombre, edad, sexo, etc.), de las lesiones que presenta y de la ropa que viste. Naturalmente que para ello, debe revisarse completamente el cuerpo sin vida, misión que se le encargó al Carabinero Chino Huerta, para que se fuera fogueando en los duros quehaceres policiales.

- ¡Ya pues Carabinero! Lo apura el Suboficial de Guardia, Sargento Primero Chandía. ¡Déme el nombre del finado!

- ¡Y cómo voy a saber el nombre!

- ¡Pregúntele, pues!

- ¡Si no habla, pues mi Suboficial, no ve que está muerto!

Los otros funcionarios que se encontraban en el lugar, lanzaron sonoras carcajadas ante la broma que el Sargento Primero Chandía le hacía al Chino.

- ¿Tiene algún documento?

- ¡Quien sabe! Responde el Chino.

- ¡Regístrelo, pues hombre, parece que ya se está poniendo tonto, cómo no se le va a ocurrir nada!

El Chino hacía esfuerzos sobrehumanos para no vomitar ni salir arrancando, al tener que manipular un cadáver completamente destrozado.

- No, mi Suboficial, no tiene documento alguno.

- Sexo, consulta Chandía.

- Masculino, responde el Chino de inmediato.

-Y ¿cómo lo sabe?

- Porque usa pantalones.

- Ya se puso tonto otra vez. ¿No sabe acaso que por el vestuario no se puede distinguir una mujer de un hombre? En mis tiempos se podía, pero ahora no.

- Y ¿cómo quiere que lo sepa?

- ¡Desabróchele los pantalones y mírele la patente pu”iñor! ¿O quiere que lo vaya a hacer yo? Y agrega como un rezo: Estos Chiporros (Carabinero nuevo) parece que han sido criados con leche de tarro, por lo delicados y amariconaditos que son, todo les da asco o miedo.

Chandía no era un hombre muy tolerante ni paciente, lueguito se ofuscaba.

- Sexo masculino, mi Suboficial, informa el Chino después de haber revisado el cadáver.

- ¡Edad!

- ¡Ahí si que me cagó, mi suboficial! ¿Cómo voy a saber la edad del finado?

- Si no tiene documento alguno, le explica Chandía, que estaba recurriendo a sus últimas reservas de paciencia, tiene que apelar a la observación. Fíjese si es pelado, si tiene patas de gallo, los dientes, la piel, las manos etc. y todo ello le va a indicar una edad aproximada. Pero para eso, tiene que mirarlo bien pues Carabinero.

El Chino tuvo que hacer de tripas corazón y comenzar a observar detalladamente el cadáver para entregar la información que el Suboficial le pedía. En realidad más que el asco, era el miedo el que lo inhibía y de repente le parecía que el muerto se había movido o que lo estaba mirando o que lo iba a agarrar y este temor no le permitía concentrarse en su trabajo. Decidió, por último contestar algo que fuera un poco neutro, intermedio.

- Debe tener aproximadamente entre treinta y siete y cuarenta y tres años, mi Suboficial.

El Suboficial Chandía terminó de confeccionar el documento remitiendo el cadáver a la morgue y lo entregó al Colorado Vargas para que trasladaran el cuerpo a dicho establecimiento que se encontraba en el interior del cementerio local. Por esta razón, en la Comisaría había llave del candado que cerraba el portón principal del camposanto y de la morgue, ubicada en un corredor interior.

Una vez en el lugar, el Colorado procedió a abrir el candado del portón principal sin inconveniente alguno. Encendió la luz del pasillo principal que iluminaba también el corredor donde se encontraba la morgue y comenzó a tener problemas con la puerta de esta dependencia ya que la chapa era sumamente antigua y usaba una inmensa llave con una paleta en su extremo, que obligadamente debe ser introducida hasta un lugar determinado preciso ya que si no era así, la llave simplemente no giraba y por supuesto no abría la puerta. Mientras más dificultades tenía, más aumentaba su nerviosismo y menos controlaba su motricidad fina, produciéndose un círculo vicioso que lo llevó a pedirle ayuda al Carabinero Morales, que abrió la puerta sin dificultad alguna. El Colorado hacía rato que estaba muy nervioso.

Al encender la luz de la morgue se sorprendieron al ver que había un par de cadáveres cuyas autopsias parecía habían sido realizadas seguramente a última hora del día anterior, a juzgar por el estado de los cuerpos y su desnudez.

El Colorado y el Chino, con ayuda del Carabinero Morales, sacaron la angarilla con el cadáver y lo llevaron a la morgue. La puerta de esta dependencia no tenía la amplitud suficiente para permitir el paso de dos personas en forma simultánea de modo que entró sólo el Colorado y el Chino, y Morales se devolvió a la calle.

Como en la morgue había dos cadáveres, tuvieron que dejar en el suelo este tercero, por no haber más espacio, puesto que el recinto sólo tenía una mesa de cemento, un lavamanos y una vitrina con instrumental, eso era todo.

Dejaron el cadáver y el Colorado, con el oficio remisor del cadáver en la mano, no encontraba dónde dejar el documento.

Fue en ese momento cuando se escuchó una voz de ultratumba, profunda, potente y clara, que le dijo:

¡Deeejeeelooo ahiii nooo maaasss!!

Por estas cosas inexplicables de la vida, el Colorado, tiritando de miedo, sacó su revólver y miraba con los ojos desorbitados tratando de descubrir el origen de la voz, al tiempo que conjuntamente con el Chino retrocedían hacia la puerta.

Por segunda vez la misma voz, pero ahora con más potencia:

¡¡¡¡Deeeejeeeeloooo aaahiiii noooo maaaasss!!!!

Retrocediendo el Colorado tropieza con una banca que había en el corredor y cae de espaldas. Al tratar de afirmarse se le escapa un disparo y se le cae la gorra y el revólver.
El Chino arranca batiendo todos los record de velocidad y el Colorado se pone de pié con más agilidad que acróbata de circo y corre también ya incontrolado detrás de su compañero.

El Carabinero Morales, escuchó el disparo y vio pasar a toda carrera a los otros funcionarios, de modo que corrió también a la siga de ellos, desesperadamente.

Veinte cuadras los separaban de la Comisaría. Hasta allá llegaron a toda carrera y se tiraron en un escaño que había en la guardia, sin poder hablar por lo agitados que estaban. Los rostros desencajados, los ojos desorbitados y las piernas les temblaban producto del esfuerzo físico y del estado nervioso en que se encontraban.

- ¿Qué les pasó, hombres, por Dios? Les consulta Chandía.

- Pregúntele a ellos, contesta jadeante Morales, yo soy el que menos sé.

- ¿Y el furgón, dónde está?

- Allá quedó.

- Allá, ¿Dónde es eso, Carabinero? conteste bien pues.

- Allá en el cementerio, mi Suboficial. Si de allá que venimos corriendo.

- ¿Y qué fue lo que pasó allá que los hizo arrancar? ¿Acaso un regimiento de muertos venía a la siga de ustedes?

- Yo no sé bien, pero me encontraba en la puerta del cementerio, cuando escuché un ruido como de tablas en el suelo y un balazo, y de inmediato sale rajado del cementerio el Chino y de atrás mi Sargento Vargas. No me iba a quedar yo solo en el lugar, cuando algo grave había pasado para que arrancaran tan rápido, así que salí a la siga de ellos.

- ¡Por la cresta! ¡La laya de pacos que tenemos!...Y estos otros que todavía no sacan el habla… ¡Ya pues Colorado, vamos hablando! ¿O se quedaron mudos para siempre?

- Déme un minutito más, mi Suboficial, p”a sacar el resuello, mire que estoy que me desmayo.
- ¡Puta la huevá! Lo único que me está faltando, además del muerto, que el Jefe del Turno se me desmaye de puro cagón que es. Y dirigiéndose al Chino: Usted Carabinero ¿tampoco está en condiciones de hablar?

- Si, mi Suboficial, contesta el Chino, si puedo hablar, pero el que tiene que informar es mi Sargento y no yo.

- ¡Es que usted me va a contestar si yo lo interrogo! Chandía le habló golpeado porque su paciencia ya estaba llegando a un límite en que se le hacía incontrolable. ¿Qué fue lo que pasó? Y le advierto que le estoy dando una orden de manera que si se niega a cumplirla lo voy a meter al calabozo militar, sin asco, no crea que va a ser la primera vez que lo hago.

- Yo le voy a informar, mi Suboficial, intervino el Colorado, aún con la voz entrecortada. Resulta que cuando entramos a la morgue con el finado, ahí había dos muertos más, así que tuvimos que dejarlo en el suelo. Yo no hallaba donde dejar el oficio y uno de los muertos me dijo que lo dejara ahí no mas.

- ¡No hable tonteras, pues Vargas! Le interrumpe Chandía. No ve que aquí nadie le va a creer ese tremendo disparate.

- ¡Déjeme hablar po, mi Suboficial! Le estoy informando y usted no me quiere escuchar.

- Muy bien, siga hablando, pero le advierto que a mi, huevón no me va a hacer.

- Si usted quiere me cree, mi Suboficial, pero yo le informo la firme.

- Bien, siga.

- Cuando uno de los muertos nos habla, yo saco el revolver p”a rematarlo en caso que se encontrara vivo y en ese momento me habla otra vez y me dice lo mismo, que dejara el oficio ahí no más. Yo retrocedo hacia la puerta de la morgue y no me fijé que detrás mío había una banca, me tropecé en ella y al caer al suelo se me escapó un balazo, se me cayó el revólver y la gorra. Pero el nerviosismo y el susto era tan grande, que salimos arrancando del cementerio patitas p”a que te quiero, hasta la Comisaría. Si no me cree, interrogue, por separado, al Chino y verá que va a contestar lo mismo que le he informado, porque se dará cuenta que en las condiciones que llegamos, no nos íbamos a venir poniendo de acuerdo por el camino.

- ¿Pero usted se da cuenta, Vargas, la tremenda barbaridad que me está informando? ¿Cómo pretende hacerme creer que los muertos le hablaron?

- Si yo sé que no me lo va a creer nadie, pero tengo obligación de decir la verdad, aunque piensen que estoy loco y me den de baja. Pregúntele al Chino, a ver que escuchó él.

- Si es cierto, mi Suboficial, intervino el Chino. Yo escuché exactamente lo mismo que dice mi Sargento y también lo escuché dos veces. Comprenda mi Suboficial que si todo hubiese sido la imaginación de mi Sargento ¿Por qué iba yo a escuchar exactamente lo mismo?

- ¡Bueno, dejemos el asunto de los muertos hablantes hasta ahí no más! Vamos ahora a lo que interesa y que no tiene nada que ver con los muertos. Chandía agotó su paciencia con la fantástica historia y decidió dejarla de lado e ir a lo práctico. ¿Dónde está su revólver y su gorra, Sargento? Y usted, Carabinero Morales, ¿Dónde está su furgón?. Aquí alguien tiene que responder por las especies fiscales, de manera que no los voy a recibir en el cuartel hasta que no aparezcan con todo lo que corresponde. Les voy a dar plazo hasta las ocho treinta y si a esa hora no tengo todo en la Comisaría, voy a dar cuenta a la Jefatura y ahí veremos de que poto sale fuego o si los Jefes le creen lo de los muertos hablantes. ¡Partieron los tres a buscar lo que corresponde! Les ordenó.

Eran ya las cinco de la mañana cuando salieron los tres funcionarios del Cuartel con destino al cementerio en busca de solucionar el problema.

A una cuadra del cementerio se detuvieron a mirar y quedaron sorprendidos al comprobar que las luces del cementerio se encontraban apagadas y el portón cerrado como si nada hubiese pasado. Este hecho les hizo perder el poquísimo valor que les quedaba como para recuperar aunque fuese el furgón y ni uno de los tres se atrevió a avanzar un paso más.

Caminaron de aquí para allá y de allá para acá hasta que a las ocho, encontrándose absolutamente de día, alguien, no se dieron cuenta quien, abrió el portón del cementerio.

Los tres fueron hasta el lugar en que se habían producido los hechos, con la esperanza de encontrar ahí las especies extraviadas. En esto estaban cuando…

- ¡Buenos días mi Sargento! Saludó un individuo desconocido para ellos.

- ¡Buenos días! Responden con indiferencia.

- ¿Qué los trae por aquí tan temprano? Les consulta.

- Nada especial, lo que pasa es que nos gustan los cementerios, nada más.

- ¡Que bueno que hayan venido! Acompáñenme para mostrarles algo que me encontré, dijo, al momento de hacerles una seña para que lo siguieran y se dirigió a una pieza que se encontraba inmediatamente al lado de la que ocupaba la morgue.

Evidentemente se trataba de un dormitorio ya que tenía una cama, un velador, un ropero y una mesita sobre la que había un anafe eléctrico, una tetera y su respectiva silla.

El individuo les hizo pasar y les dijo que él era el ayudante del médico que hacía las autopsias y que como era soltero, vivía en esa pieza, es decir esa era su casa. En la noche había sido despertado por unos ruidos extraños en la morgue donde incluso habían prendido la luz. Entonces miró por la ventana que comunicaba su pieza con la morgue y que tenía los vidrios pintados blancos para evitar que se viera hacia su pieza, pero que él había raspado en una esquina sólo lo justo para ver hacia la morgue y había visto a dos Carabineros que no hallaban dónde dejar un documento. El, sin pensar por cierto en asustarlos, les había dicho que lo dejaran ahí no más, pero los Carabineros se habían asustado tanto que habían disparado y habían salido arrancando dejando botado un revólver, una gorra, el furgón en la calle, las llaves del cementerio y de la morgue, las luces encendidas y todo abierto, así que había tenido que levantarse a cerrar todo y apagar las luces, pero lamentablemente él no sabía manejar para haber guardado el furgón, así que se limitó a sacarle las llaves y dejarlo cerrado.

El Colorado Vargas lo miró con cara de muy pocos amigos y lo sentenció: “Nunca más repita lo que hizo, porque la próxima vez…lo van a matar”.

- Por supuesto, mi Sargento, que fue una torpeza mía. Disculpe.

Dicho lo anterior, procedió a devolver todo lo que había recuperado y que por cierto los Carabineros agradecieron y se marcharon sin hacer comentario alguno.

De regreso al Cuartel, el Colorado Vargas ordenó a Morales que se detuviera para que hicieran una reunión, porque no iban a llegar a la Comisaría contando lo que en realidad había sucedido, ya que serían el hazmerreír de toda la guarnición y por el resto de sus vidas.

- Yo creo que debemos mantenernos en la misma historia que le contamos a mi Suboficial Chandía, propuso el Colorado.

- ¿Y dónde encontramos el revólver, la gorra y las llaves? y ¿Quién cerró el portón del cementerio y apagó las luces? Consulta el Chino.

- El revólver, la gorra y las llaves estaban botadas en el corredor frente a la morgue, en el mismo lugar en que ocurrieron los hechos y respecto del portón y las luces, eso sigue siendo un misterio, no tiene explicación alguna.

- Tiene razón, mi Sargento, como usted dice tiene que ser, ahí nos afirmamos y de ahí nadie nos saca. Por lo demás, con la bronca que usted le echó al viejo de la morgue, no creo que se atreva a repetir el chiste en otra oportunidad.

Llegaron al Cuartel con el tiempo justo para que el Sargento Primero Chandía entregara el Servicio de Guardia, “sin novedades”. Sólo se limitó a mirar al Sargento Segundo Vargas y con cara entre burlona, picarona e incrédula, preguntarle: ¿¿Así que los muertos te hablaron Colorado??

- Ríase no más mi Suboficial, pero así fue.

La historia hasta el día de hoy, se cuenta como real.



Original de
ANTONIO SANDOVAL LENA

sábado, 9 de febrero de 2008

El Ahorcado

El hombre era reconocidamente malo. Había dado muerte a mas de quince personas, sin embargo, en los juicios nunca se le había podido demostrar su culpabilidad.Se las ingeniaba de una u otra forma para aparecer como inocente, a pesar que todo el pueblo sabía que él era el autor de tan atroces delitos.

Presentaba testigos falsos que aseguraban haberlo visto en otro lugar lejano el día y la hora en que el delito se cometió, ya que si no declaraban a su favor, corrian el riesgo de que este individuo les diera muerte a ellos también.

En otras ocasiones robaba el arma con la que cometía el delito y después de cometido, la dejaba en el lugar que su dueño la tenía. Cuando la policía encontraba el arma en poder de su legítimo dueño, comprobaba que las manchas de sangre que presentaba correspondían al muerto y así esta persona era culpada de un delito que no había cometido y el verdadero homicida seguía libre y sin problema alguno.

Tenía miles de formas de eludir la acción de la justicia y miles de razones también por las cuales dar muerte a una persona, sin que su conciencia le ocasinara el mas mínimo remordimiento. Los mataba para robarles, por deudas, por despecho, por rencillas, porque no le daban en el gusto y hasta porque no lo saludaron o lo miraron mal. Cualquier situación era motivo suficiente para él, para acabar con la vida de otra persona.

Por supuesto que todo el mundo le temía y odiaba aunque nadie se atrevía a demostrarle su repudio. Más aún, se le hacían reverencias y se le trataba como si fuera un gran señor, a pesar de ser un vicioso de las drogas y el alcohol que no tenía ni donde caerse muerto.

Pero como ocurre con las cosas de este mundo, todo llega a su fin. Fuera del alma humana, no existe nada que tenga una duración eterna. Las correrías de este individuo, también un día llegaron a su fin. Fue detenido, se le comprobó un homicidio y una vez encarcelado, los que habían sido testigos falsos se atrevieron a confesar que habían atestiguado por miedo. De esta forma se estableció su responsabilidad en todas las muertes que había cometido con antelación.

Fue sometido a un justo juicio y todos los jurados decidieron que era merecedor de la pena de muerte, por lo que sería ahorcado en la plaza pública para que sirviera de escarmiento a todos los delincuentes y a los que quisieran delinquir. Se fijó la fecha de su ejecución a los siete días de firmada la sentencia.

La noticia corrió como reguero de pólvora y todos querían ver el ahorcamiento para asegurarse de que efectivamente este bandido iba a morir, ya que su muerte llevaría tranquilidad y seguridad a los habitantes del pueblo y sus alrededores.

Tres días antes de la ejecución se comenzó a construir el cadalso donde se llevaría a efecto tan atroz pero justa determinación. La gente iba a mirarlo y hacían conjeturas sobre el lugar en que debía ubicarse el ejecutado, el verdugo, que tipo de soga se usaría y una serie de detalles que morbosamente comentaban.

Llegó el día y la hora de la ejecución, las diez de la mañana. La gente se agolpaba en las calles para ver el paso del bandido desde la cárcel a la plaza pública.

Apareció éste rodeado de sus custodios y de un sacerdote que elevaba oraciones al Altísimo pidiendo porque se arrepintiera de las malas obras cometidas.

El caminar era lento debido a que los grilletes de sus pies no le permitían apurar el tranco, mientras el pueblo delirante le gritaba obscenidades y maldiciones.

El momento del ahorcamiento era inminente. El ajusticiado de pié, con las manos amarradas a la espalda.

-¿Tienes un último deseo? Le consulta el Juez Presidente del Tribunal.

-Si, responde el ajusticiado. Quiero decir un secreto al oído a mi madre.

-¡Que suba la madre al cadalso! Ordena el Juez.

La madre, una viejecita flaca y encorvada por el dolor, sube hasta su hijo sollozando.

-¡Acércate y aproxima tu oído a mi boca! Le pide el detenido.

La viejecita confiada, ofrece su oído para que su hijo le diga su secreto y cual no sería su espanto y dolor, cuando éste le muerde su oreja, se la arranca de cuajo y la escupe hacia el público que, horrorizado, ha presenciado tan macabra acción del condenado a muerte.

-¡Esto es mujer! Le grita...para que NUNCA olvides que yo estoy próximo a morir por TU CULPA. Porque nunca te preocupaste de EXIGIRME que caminara por la buena senda; porque nunca CONTROLASTE MIS AMISTADES; porque siempre me DISTE TODO lo que quise; porque me PERMITISTE hacer siempre mi voluntad; porque NO ME GUIASTE por el camino del bien; porque no tuviste el VALOR ni la VOLUNTAD para hacer de mi un hombre útil a la sociedad.

Lo he hecho, además, para que NO COMETAS EL MISMO ERROR con mis hermanos menores.
Dicho lo anterior, se dirigió al Juez:

-¡Magistrado!...¡Estoy listo!

La gente se retiró del lugar, sin pronunciar palabra.

jueves, 31 de enero de 2008

El Traductor

- Mi Teniente, déjeme a mí, dice el Cabo de Carabineros Rolando Caroca, yo le entiendo todo lo que dice este hombre.

Era el Cabo Caroca un hombre de más o menos unos 45 años, con 25 años de servicio en la Institución. Su escasa instrucción y la falta de interés por superarse lo mantenían en este grado pese al tiempo transcurrido. Sin embargo era un funcionario trabajador, honrado y cumplidor de sus obligaciones. Por supuesto que se le complicaban aquellas funciones para las que se requería una mayor preparación profesional o las que significaban un adelanto tecnológico cuyo funcionamiento no lograba comprender.

Trabajaba en un Destacamento rural y se sentía cómodo en ese ambiente campesino y sencillo. Era respetado y querido por la gente del sector, precisamente por su simpleza y eso le confortaba suficiente y le permitía llevar una vida sin sobresaltos en su rutina diaria y medianamente feliz.

- ¡Cabo Caroca!

- Ordene mi Teniente.

- ¿Usted está de primer turno?

- Sí, mi Teniente.

- Bien. Salga entonces a la población y dé cumplimiento a estas órdenes judiciales, ordenaba el Teniente Riquelme, al tiempo que le pasaba una veintena de documentos de citación emanados de los tribunales.

- A su orden mi Teniente. Recibía los documentos y salía a darle cumplimiento a las disposiciones judiciales y no regresaba al Cuartel hasta que los había cumplido en su totalidad, sin importarle cuanto tiempo demorase en ello, ni cuanto tuviese que caminar. Muchas veces salía a las 08,00 horas y regresaba a las 18,00 o 19,00 horas, sin haber comido en todo el día y haber caminado sin descansar durante esta inmensa jornada. Llegaba hecho una calamidad. Se daba una ducha y después se sentaba en una silla y metía los pies en un lavatorio con agua fría y sal, para que se le deshincharan. Nunca se quejaba, ni lamentaba, ni pedía que ese trabajo lo hiciera otro. El conocía sus capacidades y las de los demás, de modo que entendía que cada uno hiciera lo suyo.

Cuando le correspondía servicio de Guardia, la situación se le complicaba un poco más, ya que tenía que atender a las personas que concurrían a presentar reclamos o a denunciar hechos delictuales y de todo ello debía dejar constancia escrita. Los problemas que tenía con el lápiz le dificultaban la existencia.

Además de lo anterior, hacía apenas un mes que habían instalado una radio en el Destacamento y el manejo de ésta le ponía nervioso. No podía comprender cómo era posible que hablándole a un aparato, en otro lugar le escucharan y respondieran. En la radio común se escuchaba solamente y no había forma de comunicarse con los locutores, pero acá el asunto era distinto.

- Corcolén a Salsipuedes…Corcolén a Salsipuedes…Corcolén a Salsipuedes, repetía Caroca, con voz temblorosa de nervios.

- Adelante Corcolén.

- De aquí p”allá Cabo Caroca. De allá p”acá quién habla.

- Carabinero Arce, mi Cabo. Ordene.

- Era pa decirle que mi Teniente ordenó que el Jefe de Retén se apersone por la Tenencia mañana a primera hora.

- OK mi Cabo.

- Por acá también OK.

El resto de los funcionarios se reía de esta forma de hablar por radio que tenía Caroca y muchas veces lo llamaban sólo para eso.

Pero en otras muchas ocasiones, era consultado si conocía a tal o cual persona y en esto no había quien le superara, ya que con sus interminables recorridos cumpliendo órdenes judiciales, prácticamente ubicaba a todos los habitantes del sector, con su actividad y domicilio; y este conocimiento había servido, en mas de alguna oportunidad, para dilucidar casos policiales bastante importantes.

Esa tarde, la chacota en el Cuartel, se salía de todos los márgenes lógicos. Las risotadas que daban los funcionarios se deben haber escuchado, por lo menos, desde una cuadra.

El Teniente Riquelme, que vivía al lado del Destacamento y había concurrido a su casa a tomar once, se preocupó del alboroto existente y dejando de lado una taza de té que se aprestaba a tomar, concurrió hasta la Guardia con la finalidad de poner orden y llamar a la cordura.

- ¿Qué significa este tremendo desorden que tienen aquí?

- Lo que pasa mi Teniente, contestó el Carabinero Montecinos que se encontraba de Guardia, es que este joven, señalando a un individuo que se encontraba en el lugar, viene a hacer una denuncia y nadie puede entender lo que dice, porque es sordomudo.

- Está bien. Pero ello no debe ser motivo de tanta risa, que seguramente a él le debe parecer más bien burla.

- Es que usted no ha visto, mi Teniente, las gesticulaciones que hace tratando de explicarnos su reclamo.

- Cualquier cosa que haga, debemos tratar de interpretarlo con seriedad y no en la forma que se está haciendo.

- Pero mírelo, mi Teniente, a ver si usted logra mantenerse serio.

- Está bien, yo intentaré adivinarle y dirigiéndose al sordomudo, le consulta: ¿Usted me entiende a mi?. El Teniente hablaba lento y modulaba bien las palabras, mientras el resto de los funcionarios se mantenían a la expectativa, esperando los acontecimientos para lanzar las carcajadas.

- El sordomudo movió la cabeza de arriba abajo, en señal de afirmación, al tiempo que emitía un sonido ininteligible.

- ¿Cuál es su problema? Continuó Riquelme con igual formalidad.

- El sordomudo comenzó a emitir unos sonidos estridentes estirando exageradamente los labios y poniendo las manos vueltas hacia arriba con los dedos doblados. Miraba al Teniente, esperando que éste, indicara su comprensión para continuar.

- ¿Le duelen los testículos? Le consultó, con ceño.

Los funcionarios, a coro, lanzaron una tremenda carcajada tan sonora como las anteriores.

- Eso ya se lo preguntamos, agregó Montecinos.

- El sordomudo moviendo la cabeza de lado a lado, indicó que no.

- ¡Ahhh! Exclama el Teniente, lo hicieron chiflar. (jugarreta infantil en la que le tomaban los testículos a un niño y sin soltárselos se le exigía silbar.)

Nuevas risotadas de los Carabineros. En realidad se reían tanto, que hubo un par que tuvo que ir a orinar, para no hacerse en los pantalones.

- Nuevamente un gesto negativo del sordomudo.

- ¡Putas que me tiene confundido! ¿Qué fue lo que le pasó? Le consultó de nuevo.

- Nueva gesticulación del sordomudo, similar a la anterior.

Se notaba que el hombre hacía grandes esfuerzos por tratar de darse a entender y ello lo llevaba a gesticular de manera tan ridícula, que era imposible evitar reírse.

Por otra parte, el Teniente también se había tentado de la risa y ya se sumaba a las carcajadas de los demás. Pero a pesar de ello, todos hacían esfuerzos por tratar de interpretar las muecas, sonidos y movimientos del sordomudo, sin que lograran adivinarle ni siquiera la primera gesticulación.

Con el alboroto que tenían, nadie se había percatado que, en esos momentos, se venía recogiendo al Cuartel el Cabo Caroca, después de su trabajo habitual con las órdenes judiciales y presenciaba el verdadero chiste que se estaba desarrollando.

- Mi Teniente, déjeme a mi, dice Caroca, yo le entiendo todo lo que dice este hombre.

- Y por qué le entiende ¿Acaso lo conoce también?

- Si mi Teniente, lo conozco. Vive en la hijuela El Boldal de Panquehue. Es hijo de don Hermógenes González y se llama Sergio.
- A ver, inténtelo usted, entonces.

Caroca se paró frente al sordomudo y le formuló la misma pregunta que ya tantas veces le habían repetido: ¿Qué te pasó?. Habló con la más absoluta normalidad, ni modulando, ni gesticulando. Parecía que sólo le interesaba que el sordomudo le estuviese mirando.

-Por enésima vez el individuo estiró los labios y emitió un raro sonido muy fuerte.

- Caroca le dijo: Se trata de un chancho. ¿De quién es el chancho?

- El sordomudo asintió y mostró una expresión de satisfacción, al tiempo que se indicaba a sí mismo.

- ¿Y qué pasó con el chancho?

- Sergio nuevamente se indicó a si mismo y puso las manos hacia arriba con los dedos doblados. Dio un paso al lado y uniendo los dos pulgares y los dos índices, los estiró tratando de representar una vagina y emitiendo los mismos sonidos guturales anteriores. Acto seguido, unió el índice y el pulgar de su mano izquierda formando un aro e introdujo repetidas veces el índice de su mano derecha.

- Caroca, que seguía con mucha atención las gesticulaciones, procedió a traducir: Tú eres dueño de un chancho y tu vecino tiene una chancha. Procedieron a cruzarlos.

- Asintió Sergio y continuó. Sin dejar nunca de emitir los ruidos, que ahora se comprendía trataban de imitar los de los chanchos. Nuevamente unió sus índices y sus pulgares indicando el sexo, después se puso las manos sobre su vientre y se echaba hacia atrás, señalando claramente que la chancha había quedado preñada. Mirando a Caroca, esperaba que éste fuera traduciendo.

- Ya, dice Caroca. La chancha quedó preñada. ¿Y qué pasó después?

- Poniendo la mano con los dedos estirados hacia el frente, la subía y bajaba como quien indica que está haciendo un corte.

- Bien. Se iban a medias.

- Sergio abre y flecta un poco las piernas y con las manos hace ademanes como sacándose algo de la entrepierna, al tiempo que sus ruidos se hicieron mas agudos y más suaves, menos estridentes. Indicó por último, con los dedos, el número seis.

- La chancha parió seis chanchitos. ¿Y?

- Con los dedos indica el número cuatro e inmediatamente hace la señal de los testículos. Después el número dos y la señal de la vagina. Esta vez los sonidos eran igualmente suaves.

- Parió cuatro machos y dos hembras. Pero todavía no me dices cuál es el problema.

- Una señal de pare, le indica a Caroca que vaya con calma. Un paso al lado, la indicación de la vagina y el número uno y la indicación de los testículos y el número uno. Los ruidos cesaron y Sergio estiró los labios y comenzó a tirar besos al aire, al tiempo que agitaba las manos puestas hacia delante, como sacudiéndolas y después tapándose los ojos.

- A ver. El vecino se llevó en un carretón con caballo, una chanchita y un chanchito, durante la noche.

- Asintió Sergio, al darse cuenta que había sido interpretado a la perfección y continuó. Volviéndose hacia un costado gesticulaba como si estuviese conversando con alguien y después abría los brazos, cerraba los ojos y echaba la cabeza hacia atrás.

- Hablaste con el vecino y te dijo que los chanchitos habían muerto.

- Asintió Sergio. Se indicaba a sí mismo y ponía su índice en uno de sus ojos como abriéndoselo.

- Tú lo viste.

- Asintió.

- Eso es todo. Concluyó Caroca.

El Teniente Riquelme estaba verdaderamente sorprendido de la capacidad del Cabo Caroca para interpretar tanta gesticulación y ruidos raros y guturales que emitía el sordomudo, sin haberse equivocado ni una vez siquiera. Le parecía increíble que este hombre, sin tener conocimiento técnico alguno, hubiese sido capaz de traducir casi palabra por palabra, lo expresado por el sordomudo.

Claro, cuando Caroca iba traduciendo, el resto de los funcionarios se iban dando cuenta que las gesticulaciones que había hecho el sordomudo, cuadraban perfectamente; pero cuando no estaba Caroca, daban palos de ciego tratando de adivinarle. Las risas se terminaron y todos quedaron boquiabiertos con esta inédita habilidad mostrada por su compañero.

Se cursó el parte al Tribunal ya que el sordomudo fue capaz de darse a entender al hacer su denuncio y fue citado para el día siguiente.

El problema ahora fue para el Tribunal, en iguales términos que lo había sido para los Carabineros el día anterior y no pudiendo solucionar el problema, consultaron cómo y quién había recibido ese denuncio.

La Jefatura de Carabineros mandó al Cabo Caroca a entrevistarse con el Juez, para que le explicara cómo sabía lo que el sordomudo quería decir.

- Dígame Cabo, le consultó el Juez ¿Cómo ha logrado usted entenderle a este individuo?. Aquí en el Tribunal, nadie ha podido descifrarle una sílaba. No logro comprender cómo lo ha hecho.

- Es curioso, pero lo que yo no entiendo, Sr. Magistrado, dijo Caroca, es ¡¡cómo ustedes no le pueden entender!! Si para mi, el hombre habla clarito.

Se dice que desde entonces, cada vez que en el Tribunal tienen un problema similar, mandan a buscar al Cabo Caroca, apodado desde entonces como EL TRADUCTOR.











domingo, 6 de enero de 2008

El "meico" japonés

La gente se sentaba en el suelo, en alguna piedra grande, en algún pedazo de tronco o en lo que encontrara a la orilla del largo callejón Canta Rana y otros un poco mas precavidos habían llevado un piso que, por supuesto, les hacía mucho más cómoda la espera.

Habían llegado muy temprano y obtenido un número en un pequeño restaurante del lugar, que les permitiría ser atendidos por orden de llegada y donde aprovechaban de desayunar. Los conocedores del sistema habían llevado un sándwich y un termo con café, para ahorrar unos pesos.

Había personas de los más diversos lugares y condición social. Desde grandes ciudades hasta villorrios desconocidos y, pobres carentes de recursos económicos hasta personas pudientes que esperaban en el interior de lujosos autos. Incluso, ocasionalmente, personas que venían del extranjero.

A poco llegar, ya habían entablado conversación sobre el tema que les era común: la salud.

- Y usted ¿De dónde viene?

- De Lipingüe y usted?

- De aquí de El Huique…está cerquita. Y…¿Dónde queda ese lugar con nombre tan raro?.

- Queda cerca de un pueblo que se llama Los Lagos, por allá en el sur.

- ¿Y de tan lejos, venir por acá?

- Si pues…es la necesidad.

- Y… ¿Cómo dicen que por allá hay tanta gente que sabe hacer esto?

- Si pues…si hay. Pero ninguno tan bueno como este caballero. Fíjese que a mi me lo recomendó una pariente que está radicada en Argentina y de allá viene a verlo cuando tiene necesidad.

- Eso es cierto. El caballero es muy atinado. Dicen que es muy difícil que se vaya a equivocar, casi imposible, no ve que él es japonés y trajo el sistema de allá.

- ¿Y qué le aqueja a usted?

- Yo creo que los riñones, porque tengo unos dolores terribles por aquí por la cintura y las orinas me salen muy amarillas de más. Vamos a ver qué me aconseja una vez que vea las aguas, como le dicen al pichí. ¿Y usted?

- Yo traigo las aguas de un niño que está postrado en cama hace mucho tiempo y los médicos no han podido sanarlo. No tiene fuerza en las piernas el pobrecito y no es capaz de ponerse de pié. Está flaquito como un alambre y sin ánimo ni de comer. Va cada día de mal en peor.

- Y…pasando a otra cosa, ¿Qué número le tocó a usted?

- Me tocó el dieciséis y eso que llegué a las siete. Quién sabe a qué hora me voy a desocupar, no ve que empieza a atender a las diez. Faltan dos horas todavía.

- Uf…a mi me tocó el veintidós. Yo creo que me irá a atender como a las cinco de la tarde, pero una no se puede ir de aquí porque a veces pasan los números rapidito.

- ¿Cuánta gente cree usted que habrá aquí esperando atención?

- Yo creo que, por lo menos, unas treinta y cinco a cuarenta personas.

- Se da cuenta, los últimos van a ser atendidos cerca de las nueve de la noche.

- ¡Qué manera de trabajar de este hombre! Y todos los días es lo mismo, menos
el sábado y el domingo, que descansa.

- Es que dicen que los japoneses son así. Trabajan sin miramientos de horas.
- Si pues, así dicen.
Así como tanta gente concurría al lugar Canta Rana para ser atendida por el ya famoso meico japonés, había otras que no compartían, para nada, del prestigio alcanzado por este pseudo facultativo y alegaban que la gente ignorante se dejaba seducir por el misterio que significaba la nacionalidad del meico y el histrionismo que éste ponía en sus atenciones. Estos…eran los médicos de Santa Cruz, liderados por el Dr. Fabres, Director del Hospital y autoridad sanitaria del sector, que buscaban por todos los medios terminar con este individuo.

Alegaban que muchas personas se atendían por años con el meico sin conseguir mejoría alguna y después llegaban al hospital cuando la enfermedad estaba tan avanzada que ya no tenía remedio. Los pacientes fallecían y parecía que ellos, los médicos alópatas, no habían podido curarlos. Sentían que ya estaba haciendo daño a la sociedad que ellos debían proteger.

Esta era la verdadera razón que los había llevado a entablar la acción judicial en contra de este individuo curandero.

- Buenos días mi Teniente…Sargento Miranda y Carabinero Román –comisión civil- se presentan con un detenido por orden judicial.

Era un día domingo de verano, alrededor de las nueve de la mañana y el Teniente José Martínez, recién llegado a la Segunda Comisaría Santa Cruz, en una actividad absolutamente rutinaria, revisaba los libros de la guardia a fin de imponerse de lo acontecido durante las últimas veinticuatro horas.

- Buenos días…y ¿Cuál es el detenido? Consulta el Oficial.

-¡Este mi Teniente! Dice Miranda, al momento que se hace hacia un costado y señala a un hombre de baja estatura y delgado que se encontraba detrás de él.

-¡Este es el famoso meico japonés, pues mi Teniente!

En realidad el individuo tenía rasgos orientales y ello sumado a su contextura física, le daba el aspecto de ser japonés, razón que justificaba su apodo.

- ¿Por qué me dijo que lo habían detenido?

- Por orden judicial, mi Teniente. Parece que el médico director del hospital
puso una demanda en su contra por ejercicio ilegal de la medicina.

- ¿Tiene a mano la orden, se la mostró al detenido o se limitó a traerlo preso sin explicación alguna?

- ¡Por supuesto, mi Teniente que le di a conocer la orden judicial, aunque, por razones obvias, no se la pasé a él para que la leyera!. Usted sabe que estos individuos aunque parezcan inofensivos, de repente hacen pasar unos tremendos malos ratos. Hace unos días un angelito de estos le rompió una orden judicial al Jefe del Retén Paredones y se quedaron sin documento alguno que justificara la detención. Por suerte que se mantienen buenas relaciones con el Juzgado del Crimen y pudieron conseguir un duplicado.

A todo esto, el meico observaba y escuchaba la conversación del Teniente con el Sargento, como si hubiese estado sentado en el living de su casa. Le faltaba sólo ponerse pierna arriba, encender un cigarrillo y unirse a la cháchara. Su expresión era de la más completa tranquilidad y seguridad en sí mismo.

Aunque el Teniente aceptó la explicación como válida, pues sabía que Miranda era un funcionario muy puntilloso en cumplir con las formalidades que los procedimientos policiales exigían, decidió igual pedirle dicho documento.
¡Muéstreme la orden, quiero verla!

El Sargento echó mano a su bolsillo trasero de donde sacó una pequeña libreta y de entre sus páginas extrajo una hoja de papel muy doblada que pasó a su superior.

El Teniente, con actitud revisora, extendió el papel y lo leyó comprobando que todo estaba en regla, sin embargo llamó su atención que la orden rezaba:”Deténgase al meico japonés”, sin indicar otra identificación más específica, situación que comentó con sus subalternos.

Al parecer, Miranda tenía la explicación. Lo que sucede, mi Teniente, es que el
director del hospital puso una demanda en contra del “meico japonés”, el juzgado extiende la orden de detención en contra del “meico japonés” y nosotros detenemos al “meico japonés”, que es este individuo, por lo demás muy conocido en el sector de Canta Rana, de modo que no había donde perderse.

El Teniente Martínez era un hombre que no se conformaba fácilmente con una explicación que, para él, no era todo tan sencillo.

-¿Así que usted es japonés mi querido amigo? Interrogó al detenido.

- Si señol, y sel japonés, responde.

- ¿Y cuánto tiempo lleva en Chile?

- Yo estal en Chile quince años señol.

- ¿Casado o soltero?

-Yo sel casado.

- ¿Con chilena o japonesa?

- Yo sel casado con chilena señol.

- ¿Tiene hijos?

- Si señol, yo tenel tles hijos.

El Teniente, después de cavilar por algunos segundos y adoptando una actitud de superioridad, casi doctoral, decidió continuar con su interrogatorio.

- Dígame mi amigo…¿Qué significa en japonés “kampai”?

- Kampai señol, quelel decil cuando uno salil pal campo a comel con la familia o amigos.

Aunque la pregunta lo había sorprendido, el meico se mantuvo sereno y había dado su respuesta con bastante seguridad.

-¡Ah! Quiere decir salir de camping. Aclara el Teniente.

- Si señol, eso es salil de camping-

- Y…¿Qué significa “Arigató”?

- Eso señol, sel una folma de llamal a los gatitos. Esto último, el meico lo expresó casi en un susurro, sin convencimiento alguno de lo que decía. Sus ojos casi ocultos detrás de sus párpados rasgados, se movían de un lado a otro sin encontrar punto alguno donde fijarlos y disimular su creciente nerviosismo.

Las explicaciones del meico japonés fueron más que suficientes para el Teniente Martínez. Le había quedado perfectamente claro el origen del detenido. Un par de preguntas más y todo sería aclarado, sin quedar duda alguna. Hasta el propio Tribunal se sorprendería.

Se paró de detrás del escritorio, donde se encontraba, y mirando fijamente al individuo, caminó hacia él con aspecto amenazante y actitud agresiva. Los brazos u poco separados de su cuerpo y los puños apretados eran señal inequívoca de su fiereza.

Todos los presentes dieron por hecho que se produciría una situación violenta y por lo mismo le abrieron paso al oficial que mostraba cara de pocos amigos.

El detenido miraba a unos y otros, sentado como estaba en un escaño, sintiéndose acorralado y esperando lo peor. Su rostro palideció, sus pequeños ojitos se redondearon de espanto y sus manos se acercaron a su cara esperando alcanzar a protegerla del inminente ataque.

- Repentinamente y con voz potente y clara, el oficial lo interroga agresivamente.

- ¿De donde eres tú huevón? Al tiempo que levanta su puño amenazadoramente.

- ¡ No…no señor…no me pegue, si yo soy …de Hualañé!

- ¿Y cómo te llamas? Continuó el Teniente, con igual agresividad, tomándolo de las solapas de una chaquetilla corta que vestía y casi levantándolo en vilo.

- Me llamo José Morales Morales.

Los funcionarios que se encontraban presentes se miraban atónitos ante el descubrimiento hecho por el Teniente y después de diez segundos de silencio, todos explotaron en sonoras carcajadas, incluido, por supuesto, el oficial.

- Mi Teniente, consulta Miranda, ¡No me diga que usted habla japonés!

- ¡Pero…por supuesto! Aprendí el año pasado cuando vino a Chile la Escuadra Japonesa y yo me desempeñé como intérprete, contestó bromeando Martínez.
Muy en serio agregó: Lo único que se de japonés es lo que le pregunté a este hombre y lo aprendí con el profesor de Defensa Personal que teníamos en la Escuela de Carabineros cuando éramos alumnos, porque él era japonés, por supuesto que verdadero y les puedo agregar que la palabra kampai quiere decir “Salud” y arigató, “Muchas gracias”.

“Parece increíble, pero todo lo que se aprende, alguna vez en la vida nos puede ser de utilidad”.


lunes, 3 de diciembre de 2007

Recuerdos

Son sentimientos que Mario nunca se atrevió a expresarlos y que quedaron guardados dentro de él para siempre, sin atreverse jamás a contárselos a sus hermanos ni amigos, ni siquiera en sueños. A veces fue por temor a ser motivo de burlas y otras por simple timidez; pero cualquiera haya sido la causa, los sentimientos quedaron guardados, primero en su corazón y después, simplemente en su memoria y nunca… nunca… han desaparecido.

Desde que era chico y empezaba a despertarse en él su instinto de hombre, sintió que su atracción por las mujeres se le hacía irresistible y que a pesar de ello les temía. Era algo así como sentirse muy poca cosa para ella, la elegida de ese momento, y por lo mismo temer no ser aceptado. Y después de no haber sido aceptado… ¿Qué le quedaba por hacer? ¿Cómo podría mirarla de nuevo a los ojos, sin demostrar que su negativa lo estaba matando?¿Cómo sería visto por otras mujeres que conocían este rechazo?

Con el tiempo aprendió que las mujeres, por alguna razón desconocida, no aceptan al hombre que ha sido despreciado por alguna de sus amigas, ni aunque ellas se estén muriendo por él. Debe ser por una especie de orgullo mal entendido. Algo así como sentirse recogiendo los desperdicios que botó su amiga. Sin embargo, si ha sido el hombre el que ha rechazado a la amiga, ellas siempre estarán dispuestas para él. Es curioso, pero así es.

Los hombres somos distintos, nos gusta una mujer y esperamos con impaciencia que la relación sentimental que mantiene se rompa lo antes posible, sin importarnos la causa de este rompimiento, ya que lo único que interesa es que está disponible. Incluso, antes del término de la relación, ya hemos dado, de alguna forma, muestras de nuestro interés.

Mario era tremendamente enamoradizo. Bastaba que le diera un beso a una mujer para sentirse enamorado hasta los huesos. Se ponía melancólico, volado, pensativo, distraído. Soñaba día y noche con su amada. Revivía con intensidad cada beso que le había dado e imaginaba la dulzura de los que le daría en la próxima cita. Llenaba sus cuadernos con corazones atravesados por una flecha que tenía las iniciales de ella y de él. Le escribía cartas de amor que nunca le enviaba. Le bajaban las notas del colegio. No hacía las tareas. Ya casi no hablaba, ni siquiera con su amada, puesto que se encontraban y se abrazaban besándose, hasta que llegaba el momento de la despedida, tiempo durante el cual no les quedaba espacio para las palabras. Terminaban, ella y él, con los labios hinchados de tanto besarse. De ese amor, no se olvidaba jamás y cada vez que lo recordaba se ponía nuevamente melancólico y añoraba esos tiempos.

Terminada esta relación y habiendo transcurrido un tiempo prudente, Mario estaba nuevamente enamorado y re juraba que esta vez el amor sí era verdadero y profundo y seguramente para toda la vida, pues su cuerpo entero vibraba, cada vez que sus labios rozaban los de ella y esto no lo había sentido nunca. Si llegaba a terminarse este pololeo, se iba a morir de amor. Este amor… tampoco lo olvidaría jamás.

Fueron innumerables los amores que tuvo, principalmente en esta época de la adolescencia y… por todos se moría y… ni uno olvidaría. Él era bien parecido, alto, moreno, ojos verdes, corpulento y sin una gota de grasa en su cuerpo. Las mujeres lo encontraban buen mozo, atractivo y simpático ¡Qué más podía pedir a Dios! Por eso también nunca le faltaron las pretendientes, que prácticamente tenían que ser ellas las que le declaraban su amor por iniciativa propia, debido a la timidez y temor de él al rechazo.

Pero como ocurre con casi todas las cosas en la vida, cuando son fáciles, pierden su atractivo. Las niñas de su edad ya no tenían gracia. Unos besos más o menos empezaron a no afectarle y en consecuencia tuvo que cambiar de rumbo.

La oportunidad llegó en una fiesta en casa de Marisol, una compañera de curso. Ahí conoció a una tía de su compañera y no más verla, se enamoró de ella. Bailaron un par de veces. Sintieron el roce de sus cuerpos, la sangre empezó a circularles con una rapidez inusitada, las manos se daban apretones y se cruzaban miradas a los ojos, en las que mostraban el calor que los estaba consumiendo. Fue ella la que, sin desearlo, dijo ¡Basta!. ¡Esto no puede continuar…hoy!. Mario no sabía qué hacer ni qué decir. ¿Cómo decirle a una mujer que lo doblaba en edad, que quería una cita con ella?. ¿Se reiría? ¿Le diría que eso era ridículo ya que él era un niño que recién comenzaba a afeitarse y ella una mujer hecha y derecha?. Su cuerpo temblaba y no se atrevía ni a mirarla. Sudaba entero. Pero fue ella, otra vez, la que tomó la iniciativa y lo invitó a salir al patio a fumar un cigarrillo.

-¿Cómo me dijiste que te llamabas?

- Mario

- Bien Mario…para que te tranquilices. ¿Podrías hacer el favor de ir a buscar un par de tragos?

- ¡Por supuesto!. Se fue Mario al interior, sin saber siquiera lo que había contestado, y regresó en un par de minutos con sendas piscolas.

- Sabes Mario…tú eres un joven sumamente atractivo para mi. No te lo puedo explicar bien con palabras, pero mientras bailábamos, al sentir tu cuerpo rozar con el mío, algo me ha pasado. Como si repentinamente la sangre me circulara con mucha fuerza y me he acalorado y se me ha agitado la respiración y me han comenzado a tiritar las piernas y otras cosas. Ha sido todo sumamente curioso, porque nunca me había sucedido algo así. ¿Sentiste también algo o he sido solamente yo? Interrogó.

- Siii… algo así también me ha pasado, contestó Mario, que, en realidad no sabía qué hacer ni que decir, pues no tenía costumbre relacionarse con personas de otra edad que no fuera la suya. Más aún en este caso en que ya se sentía enamorado de esta mujer tan mayor que él y cuyo comportamiento lo tenía lleno de dudas y temores ¿Ella estaba jugando con él, entreteniéndose? Y si no era así ¿Qué le había querido decir al contarle lo que sentía?. En realidad él no entendía nada, porque parece que no escuchaba nada y lo que lograba escuchar, lo confundía. Le hubiese gustado que ella le hubiera dicho derechamente que quería pololear con él, aunque hubiese sentido una vergüenza tremenda por no haber sido él quien tomase esa iniciativa; pero por lo menos se hubieran terminado sus dudas.

- Mira Mario, tú debes saber que yo soy tía de Marisol y que me llamo Loreto. Te das cuenta, por cierto, que soy bastante mayor que tú y que por lo mismo tengo mucha más experiencia que tú.

- Si, todo eso lo sé.

- Bien… me doy cuenta que no hayas qué hacer ni qué decir, de modo que todo lo voy a decir yo y tú te limitarás a asentir o a disentir; pero antes, debes hacerme una promesa.

-De qué se trata.

- Todo lo que te diga, será solamente para nosotros dos, nunca…jamás, se lo dirás a nadie. Debe ser una promesa de hombre grande, porque lo que espero que pase, será también de hombre grande ¿De acuerdo?

- Sí, de acuerdo.

- Escucha entonces con mucha atención: “El próximo lunes, durante toda la tarde, voy a estar sola en mi casa, que es la casa de mis papás, ya que ellos van a salir y volverán más o menos a las nueve de la noche. Quiero que tú inventes en tu casa cualquier excusa y me vayas a ver. Voy a estar esperándote desde las tres en adelante. Vivo a cinco cuadras de aquí, en calle Los Almendros Nº479. Ahora vas a ir al baño y allá, sin que nadie te vea, vas a anotar la dirección. Anda y vuelve altiro.

- Bien, con permiso. Si antes, Mario estaba confundido, ahora ya no hilvanaba ni las ideas. Lo que le pasaba, en realidad lo tenía asustado. No sabía qué iba a suceder más adelante ni cómo debía comportarse y eso le atemorizaba.

Loreto, no era una belleza de mujer, pero tenía un rostro agraciado, de aspecto infantil, metido en un cuerpo de mujer muy bien formado, aunque de baja estatura. Sin embargo no era su cuerpo el que le daba el aspecto de adulto, sino sus ojos, o mejor dicho su mirada…profunda, cálida, serena, firme y desafiante, aunque también podía ser tierna, seductora y romántica. Era el tipo de mujer que todos los hombres hubiesen querido conquistar, tener consigo, regalonear y tener relaciones íntimas. Sin embargo, proyectaba una seguridad en sí misma tan potente, que eran pocos los que osaban acercarse a ella con afanes de conquista. Y en realidad, era así, de carácter fuerte y avasallador, inteligente, despierta, de respuestas ágiles y acertadas que opacaban a cualquier interlocutor, incluso al más experimentado y aún más, dependiendo del tema de conversación, ella no tenía problemas para ridiculizar o hacer parecer un tonto, al audaz que se animase a enfrentarla. Sabedora de sus capacidades, le gustaba ser ella la que dominara y dispusiera lo que había que hacer y cómo había de hacerse.

No iba a ser Mario quien la pusiera nerviosa o la hiciera cambiar su comportamiento rutinario, si en sus manos era un pobre pajarito que aún ni emplumaba. Había que trabajar mucho con él para transformarlo en un verdadero hombre y… ya se lo había propuesto.

-¿Anotaste bien la dirección?

- Si, conozco bien ese barrio, está todo claro.

- Ahora nos vamos a separar, vas a ir a bailar con tus compañeras y te vas a olvidar de mí hasta el lunes. Yo voy a bailar con otros jóvenes, como si tú y yo no hubiéramos conversado nada ¿De acuerdo?

- De acuerdo.

- Una última recomendación: Deja de mirarme para que el resto de los que están aquí no sospechen ni comiencen a hacer conjeturas maliciosas.

-Ya. Hasta el lunes a las tres, repitió Mario como para asegurarse.

- Te estaré esperando.

De ahí en adelante, Mario se encontraba en las nubes. Bailó y conversó con otras niñas, sin saber siquiera lo que decía, si acaso dijo algo; pero de su silencio nadie se extrañaba porque era conocido como poco conversador con el sexo opuesto. Hizo esfuerzos para no mirar a Loreto que alentaba a bailar a los otros muchachos y se reía y disfrutaba de las bromas que se hacían entre ellos, como si hubiese sido una más del curso. Por supuesto que más de alguno comentó, por lo bajo: ¡Putas que es linda la tía de la Marisol! ¡Mírala cómo baila! ¡Si yo fuera más grande le haría los puntos y te aseguro que no se me escapaba!

Mientras tanto, Mario tenía un revoltijo de ideas que iban y venían por su mente en forma totalmente desordenada. La noche no avanzaba. Ya enamorado, Loreto lo estaba dominando. Por su cabeza el torbellino de preguntas no cesaba:¿Qué pasaría el lunes?. No tendría prueba que estudiar para el martes?. Alguien se habrá dado cuenta?. No estaré poniendo cara de tonto?.A qué se dedicará Loreto?. Tendrá pololo o novio?. Querrá que nos vamos a la cama?. No vaya a ser cosa que yo meta las patas, hasta el cogote, haciéndole una insinuación así?. Y si no le digo nada voy a quedar como un imbécil o pajarón o mariquita. De qué tendré que hablar con ella? Nunca de política, de religión ni menos de fútbol, decía don Pepe, un vecino. Entonces, de qué?

La fiesta terminó relativamente temprano, alrededor de las 04,00 hrs y se armaron grupos para ir a una u otra discoteca a continuar el baile. Mario se fue directo a su casa. Tenía muchas cosas en qué pensar, además que ya se encontraba enamorado y sus elucubraciones amorosas estaban en un punto culmine. Esa noche o mejor dicho el resto que quedaba de noche, se le hizo difícil conciliar el sueño. Se daba vueltas en la cama y trataba de dejar su mente en blanco. Contaba ovejas y cuando llevaba diez, ya estaba pensando otra vez en Loreto. Decidió, por último, que su pensamiento divagara sin trabas, hasta que, sin darse cuenta, se durmió.

Los días siguientes, antes del lunes, fueron verdaderamente suplicios. Caminaba sin rumbo y sin destino. Su mente era un caos sin posibilidad de ordenarla. Trataba de recordar con detalle, la experiencia que, según decía Hernán, un compañero de curso, había tenido con una niña del curso paralelo; pero no le cuadraba con lo que él estaba viviendo, principalmente por la gran diferencia de edad de las protagonistas. La niña, sin saber qué hacer, se dejó llevar por Hernán y éste, desconocedor también de las maniobras a realizar, actuó conforme le señalaba su instinto animal. Claro que cuando contaba su experiencia, la adornaba con flecos de su propia creación, pretendiendo aparentar que dominaba el tema. Lo suyo, era muy distinto. Para empezar la mujer era hecha y derecha y así lo había manifestado ella misma. Además tenía una personalidad difícil de encontrar en otras mujeres. Y por último, todo iba a suceder con una planificación fríamente calculada, de modo que lo más probable es que no quedara detalle alguno por cubrir… por parte de ella y aquí Mario era quien debía dejarse llevar.

Esto era lo peor de todo, la incertidumbre de no saber a qué atenerse. El ignorar completamente lo que sucedería, es decir saber lo que sucedería, pero no saber cómo, ni qué debía hacer él, ni cual debía ser su comportamiento, ni qué hablar o no hablar. Todo era una incógnita. Sus compañeros, cuando hablaban del tema, decían tantas cosas que ahora venían a su mente y lo asustaban. Decían que la primera relación era dolorosa, terrible, porque al hombre algo se le cortaba y sangraba. Decían también que cuando las mujeres eran muy mayores se aprovechaban de los jóvenes y les sacaban el jugo, que hacían cosas degeneradas y que ellos terminaban empotados. No sabía lo que esto último significaba, pero parecía ser algo malo. En resumen, según todos decían, lo mejor era iniciarse con una niña de la misma edad, porque así podían aprender los dos y ninguno dominaría al otro. Decían también que después de haber tenido relaciones, algo pasaba en uno, que hacía que se le notara por un tiempo y que a las mujeres se les notaría para siempre, porque de ahí para adelante caminarían con las piernas un poco abiertas, dependiendo de las veces que hubieran tenido relaciones.

En fin…todo era un enigma que tendría que afrontar, cualquiera que fuesen las consecuencias, por haber aceptado la invitación que Loreto le hiciera. Trató de ubicar a don Pepe, el vecino, pero no le fue posible porque se encontraba fuera de la ciudad por varios días. Esa era la única posibilidad que tenía de saber algo real y verdadero ya que, según él decía, sabía mucho de la materia y tenía una vasta experiencia con mujeres de todo tipo y condición.

Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, irremediablemente llegó el lunes. Mario estaba desesperado. Deseaba que la hora no avanzara; que se paralizara el tiempo; que las clases se hicieran eternas; que ocurriera algo imprevisto que lo liberara del compromiso, sin que le asistiese responsabilidad; que a ella le diera un ataque; que hubiese un terremoto; que lo atropellara un auto o aunque fuese una bicicleta; y que por cualquiera de estas causas la cita no se concretara. Sin embargo el día era tan normal y común, que no se vislumbraba posibilidad alguna de excusa. Para peor de sus desgracias, la última hora de clases, había tratado sobre la reproducción humana, lo que aumentó más su preocupación, ya que hasta ese momento no había pensado en la posibilidad de un embarazo. Y si esto llegara a suceder ¿Qué iba a pasar entonces? ¿Qué explicación iba a dar? ¿A quién le iba a echar la culpa? ¿Y qué había que hacer para que esto no sucediera? ¡Oh Dios mío! Se decía ¿Por qué me permitiste meterme en tamaño enredo?

El tiempo se había vencido y había que pagar la deuda. Eran las tres de la tarde cuando salió de su casa rumbo a lo desconocido. Caminaba a paso cansino, iba derrotado de antemano, incluso, producto de su tensión nerviosa, comenzó a sentir efectos físicos típicos, como sudoración helada, temblores en las manos, palidez facial, amargor bucal, problemas visuales y otros que a él le parecía, le daban el aspecto de idiota; pero continuaba su camino como un autómata, como el condenado a muerte camina hacia el cadalso.

Eran las 15,40 horas, calle Los Almendros Nº 479, confrontó la dirección con la anotada en el papelito el día de la fiesta. Estaba bien. Era la que buscaba. Tomó aliento y tocó el timbre, con los dedos cruzados, esperando que estuviera en malas condiciones y no saliera nadie, más no fue así. Antes de un minuto abrió la puerta Loreto. Estaba vestida con una bata blanca, que hacía notar que debajo de ella no tenía otra vestimenta. Se hubiese visto verdaderamente hermosa, si la expresión de su rostro no hubiera sido lo amarga que era.

- ¡Hola! Masculló Mario, con una voz casi imperceptible.

- Loreto, sin siquiera contestar el saludo le espetó ¡No te dije que a las tres, te esperaba! Lo dijo pronunciando las palabras sílaba por sílaba y con una dureza sorprendente en una mujer menuda y aparentemente delicada.

- Son recién veinte para las cuatro y como tú me dijiste…

- ¡Sé muy bien lo que te dije! Le interrumpió ella. Si hubieses llegado a la hora indicada, todo hubiese sido distinto ¡Tonto! Ahora está otra persona conmigo y no te puedo recibir ¡Mándate cambiar y no esperes que esta oportunidad se vaya a repetir! ¡Pensé que ya eras un hombre y me equivoqué!¡Adiós! Dicho esto, cerró la puerta con firmeza.

Mario, quedó por algunos segundos petrificado mirando la puerta, después dio media vuelta y se marchó de regreso. Sentía algo extraño y ambiguo. Por una parte, un poco de vergüenza por haber sido tratado tan mal y por otra, la tranquilidad de haberse sacado de encima el peso de esta situación que le agobiaba. En el fondo, empezó rápidamente a predominar la tranquilidad. Se terminaron las sudoraciones y las otras manifestaciones físicas. En buenas cuentas, descansó. Nunca más supo de ella, pero como le sucedió con otras, la recordaba con añoranza.

Después de muchísimos años, alrededor de una meza, con un par de amigos jubilados, igual que él, y luego de haberse tomado varias botellas de buen tinto, Mario decía: Primera vez en mi vida, que cuento una historia mía. Siempre he sido reacio a hablar de mi y no sé por qué hoy lo he hecho, talvez ha sido el tintito que me ha soltado la lengua o a lo mejor son los años que nos quitan el pudor y la vergüenza. Sólo una cosa quiero agregar. Dos veces en mi vida he sentido miedo profundo, fuerte, incontrolable y desesperante, una…cuando caímos en avioneta entre los cerros y el único que se salvó fui yo y la otra… la que me hizo pasar esta bribona de la Loreto.